"La decisión del Congreso ha sido valiente y ha allanado el camino para la compleja tarea que ahora debemos emprender". De esta forma se expresaba San Martín al Congreso de Tucumán al enterarse de la declaración del 9 de julio de 1816, que daba comienzo a nuestra vida oficial como nación independiente.
Para llegar a este punto, habían tenido que sortearse muchos obstáculos y algunos de ellos permanecieron hasta convertirse luego en los detonantes del largo conflicto civil interno que le sucedió a la guerra de la independencia.
En esto estaba pensando el otro día cuando se me ocurrió profundizar un poco sobre algunos elementos de nuestra historia que muchas veces se nombran al pasar o se tratan como pequeños detalles casi sin importancia. Uno de ellos fue la influencia y visión de Manuel Belgrano sobre el tipo de gobierno que nos debíamos dar como nación. Según la lección que aprendimos en la escuela, Belgrano proponía un sistema de monarquía constitucional para conseguir "el reconocimiento de Europa". Y a la cabeza de esta monarquía se planteó como posibilidad concreta la presencia de un noble inca.
Dicho así parece sencillo darse cuenta que en el fondo hay una gran contradicción en el planteo. Nadie puede creer que los europeos aceptarían como sería una monarquía encabezada por un "indio" y de hecho, en la búsqueda de lograr el beneplácito del viejo continente, había varios operadores tanteando a principes blancos bastante más fashion para los prejuicios de la época. ¿Entonces cuál era el objetivo realmente buscado?
En realidad, como bien lo hace notar San Martín en una carta a Godoy Cruz, la propuesta del Inca tenía un enorme potencial, al sumar a la causa de la independencia a un amplio sector de la población que había sido explotado, despojado de sus derechos y dejado de lado por el sistema colonial. De hecho, apenas comenzó a correrse la noticia a partir de una serie de discursos públicos del propio Belgrano (después de una sesión secreta con los congresistas), esta propuesta -que muchas veces es ninguneada por los historiadores oficiales- recibió un amplio apoyo popular y se mostró como altamente viable, sobre todo si tenemos en cuenta que la opción republicana no era tan conocida entre la gente común y había sido asociada por la iglesia católica con el terror y la anarquía de la Revolución Francesa.
El escollo que encontró entonces la propuesta de Belgrano, y que al final la terminó por hundir, fue que muchos congresales estaban absolutamente convencidos de la superioridad de la idea de la república por encima de la monárquica; pero su número no era suficiente para mover el fiel de la balanza... hasta que se le sumaron otros congresistas (en particular porteños) que vieron con horror la posibilidad cierta de convertirse en súbditos de un rey proveniente de una raza que consideraban inferior.
De hecho veamos lo que opinaba un representante de nuestra hoy, rancia oligarquía: Don Miguel de Anchorena...
"Los diputados pues, estaban en la creencia de que si juzgaban conveniente al fijar la suerte del país al proclamar y establecer una monarquía constitucional podían hacerlo en cumplimiento de su deber."
"Por esto fue que habiéndose llamado al General Belgrano a la sala de sesiones, para que informase cual era el juicio que él había traslucido en su viaje a Europa y tuviesen formados los gabinetes europeos sobre la clase de forma de gobierno que más conviniera los nuevos estados de América, contestó que estaban, a su vez decididos por la forma monárquica constitucional. Y habiéndole respuesto que con respecto a nosotros, ¿en quién creía él que a juicio de esos mismos gobiernos podríamos fijarnos?, contestó que a su juicio particular debíamos proclamar la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco.."
"Al oír esto los diputados de Buenos Aires y algunos otros nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de la idea, pero viendo que el general insistía en ella, sin embargo de varias observaciones que se le hicieron de pronto, aunque con medida, (y) porque vimos brillar el contento en los diputados cuicos del Alto Perú, en los de su país asistentes a la barra y también en otros representantes de las provincias, tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento, quedando al mismo tiempo admirados de que hubiese salido de boca del General Belgrano."
"El resultado de esto fue que al instante se entusiasmó la cuicada y una multitud considerable de provincianos congresales y no congresales. Pero, con tal calor, que los diputados de Buenos Aires tuvimos que manifestarnos tocados de igual entusiasmo por evitar una dislocación general en toda la república".
Del relato de Anchorena nos quedan dos cosas claras. Por un lado, que este oligarca ya le tenía un pánico fatal a la "indiada", a los "cuicos". Pánico y rechazo que sus decendientes han sabido conservar como sus más valiosos vicios de clase. Por el otro lado también es nítido que no tenía mayores problemas con la monarquía, al fin y al cabo él mismo representó la búsqueda de fundar una nobleza plebeya y criolla, bajo el nombre de "patriciado", pero lo que le sacaba urticaria era "la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca".
Con sinceridad no se en qué hubiera acabado o cómo se hubiera desarrollado este proyecto del rey inca, lo que si me queda claro es que han pasado casi 200 años de los hechos narrados y ciertos intereses de clase no solo se han mantenido sino que se han arraigado en la mentalidad colectiva de un sector social que tiene en sus prejuicios un principio de identidad.
El desprecio por el indio, por el negro, por la mujer o el laburante ha producido que nuestra historia esté atravesada por vacíos rellenados a los ponchazos, y que nuestro presente tenga esa perplejidad recurrente del deja vú.
Para llegar a este punto, habían tenido que sortearse muchos obstáculos y algunos de ellos permanecieron hasta convertirse luego en los detonantes del largo conflicto civil interno que le sucedió a la guerra de la independencia.
En esto estaba pensando el otro día cuando se me ocurrió profundizar un poco sobre algunos elementos de nuestra historia que muchas veces se nombran al pasar o se tratan como pequeños detalles casi sin importancia. Uno de ellos fue la influencia y visión de Manuel Belgrano sobre el tipo de gobierno que nos debíamos dar como nación. Según la lección que aprendimos en la escuela, Belgrano proponía un sistema de monarquía constitucional para conseguir "el reconocimiento de Europa". Y a la cabeza de esta monarquía se planteó como posibilidad concreta la presencia de un noble inca.
Dicho así parece sencillo darse cuenta que en el fondo hay una gran contradicción en el planteo. Nadie puede creer que los europeos aceptarían como sería una monarquía encabezada por un "indio" y de hecho, en la búsqueda de lograr el beneplácito del viejo continente, había varios operadores tanteando a principes blancos bastante más fashion para los prejuicios de la época. ¿Entonces cuál era el objetivo realmente buscado?
En realidad, como bien lo hace notar San Martín en una carta a Godoy Cruz, la propuesta del Inca tenía un enorme potencial, al sumar a la causa de la independencia a un amplio sector de la población que había sido explotado, despojado de sus derechos y dejado de lado por el sistema colonial. De hecho, apenas comenzó a correrse la noticia a partir de una serie de discursos públicos del propio Belgrano (después de una sesión secreta con los congresistas), esta propuesta -que muchas veces es ninguneada por los historiadores oficiales- recibió un amplio apoyo popular y se mostró como altamente viable, sobre todo si tenemos en cuenta que la opción republicana no era tan conocida entre la gente común y había sido asociada por la iglesia católica con el terror y la anarquía de la Revolución Francesa.
El escollo que encontró entonces la propuesta de Belgrano, y que al final la terminó por hundir, fue que muchos congresales estaban absolutamente convencidos de la superioridad de la idea de la república por encima de la monárquica; pero su número no era suficiente para mover el fiel de la balanza... hasta que se le sumaron otros congresistas (en particular porteños) que vieron con horror la posibilidad cierta de convertirse en súbditos de un rey proveniente de una raza que consideraban inferior.
De hecho veamos lo que opinaba un representante de nuestra hoy, rancia oligarquía: Don Miguel de Anchorena...
"Los diputados pues, estaban en la creencia de que si juzgaban conveniente al fijar la suerte del país al proclamar y establecer una monarquía constitucional podían hacerlo en cumplimiento de su deber."
"Por esto fue que habiéndose llamado al General Belgrano a la sala de sesiones, para que informase cual era el juicio que él había traslucido en su viaje a Europa y tuviesen formados los gabinetes europeos sobre la clase de forma de gobierno que más conviniera los nuevos estados de América, contestó que estaban, a su vez decididos por la forma monárquica constitucional. Y habiéndole respuesto que con respecto a nosotros, ¿en quién creía él que a juicio de esos mismos gobiernos podríamos fijarnos?, contestó que a su juicio particular debíamos proclamar la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco.."
"Al oír esto los diputados de Buenos Aires y algunos otros nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de la idea, pero viendo que el general insistía en ella, sin embargo de varias observaciones que se le hicieron de pronto, aunque con medida, (y) porque vimos brillar el contento en los diputados cuicos del Alto Perú, en los de su país asistentes a la barra y también en otros representantes de las provincias, tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento, quedando al mismo tiempo admirados de que hubiese salido de boca del General Belgrano."
"El resultado de esto fue que al instante se entusiasmó la cuicada y una multitud considerable de provincianos congresales y no congresales. Pero, con tal calor, que los diputados de Buenos Aires tuvimos que manifestarnos tocados de igual entusiasmo por evitar una dislocación general en toda la república".
Del relato de Anchorena nos quedan dos cosas claras. Por un lado, que este oligarca ya le tenía un pánico fatal a la "indiada", a los "cuicos". Pánico y rechazo que sus decendientes han sabido conservar como sus más valiosos vicios de clase. Por el otro lado también es nítido que no tenía mayores problemas con la monarquía, al fin y al cabo él mismo representó la búsqueda de fundar una nobleza plebeya y criolla, bajo el nombre de "patriciado", pero lo que le sacaba urticaria era "la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca".
Con sinceridad no se en qué hubiera acabado o cómo se hubiera desarrollado este proyecto del rey inca, lo que si me queda claro es que han pasado casi 200 años de los hechos narrados y ciertos intereses de clase no solo se han mantenido sino que se han arraigado en la mentalidad colectiva de un sector social que tiene en sus prejuicios un principio de identidad.
El desprecio por el indio, por el negro, por la mujer o el laburante ha producido que nuestra historia esté atravesada por vacíos rellenados a los ponchazos, y que nuestro presente tenga esa perplejidad recurrente del deja vú.




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