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26 mayo 2009

El humor y cuando la realidad no es tan graciosa


Hace dos semanas comenzó a escucharse por la Rock & Pop el programa de Capusotto que se trasmite los días sábados de 20 a 21. Tuve la suerte de oir un segmento del mismo en el blog Un Día Peronista, donde hace una sátira de los noticieros matinales que "te taladran el cerebro" desde temprano y que evidentemente son muy parecidos tanto en la Capital Federal como en Córdoba.

Lo más gracioso del sketch radial reside en el tono centrado del conductor, lleno de cliches catastrofistas, y en los mensajes de los oyentes, ambos elementos tan similares a los que oímos todos los días que no se puede evitar referenciarlos casi inmediatamente con la realidad.



Hoy por ejemplo, me acordé de esto cuando en Radio Universidad, en el programa de la mañana y mientras discutían el tema de las estatizaciones en Venezuela una oyente dejó el siguiente mensaje grabado:

"A mi no me gusta Chávez porque es un señor muy bronceado"

Esta referencia a la negritud del presidente venezolano fue acotado por la conductora Marcela Palermo en forma supuestamente risueña:

"Me quedo con la señora que comentó sobre el color de Chávez ¡Qué oyentes tan finos tiene nuestra radio!. En el barrio lo decimos de otra manera."

Y me quedé pensando ¿de qué otra manera lo dirán en el barrio de la Palermo? ¿negro? ¿negro de mierda?... O sea que si no fuera por la fineza de la oyente la frase sería: "A mi no me gusta Chávez porque es un negro". Ni al guionista de Capu se le podría ocurrir algo más retrógrado.

Por otra parte y en una línea más general, lo de Capusotto me dejó preguntándome por qué no hay parodias sobre programas o periodistas oficialistas, una veta que ha sido ampliamente aprovechada tanto en democracia como dictaduras. Sin ir muy atrás en el tiempo, durante el menemismo eran habituales las sátiras hacia los voceros del modelo. Neudstad, Grondona, Hadad o Longobardi -por citar solo algunos ejemplos- eran blanco de casi todos los humoristas.

La primera respuesta que se me ocurrió es que en realidad el oficio del comentarista político está de capa caída y le quedan muy pocos cultores, pero además -y esto es lo importante- no hay ningún oficialista entre ellos. Este dato es especialmente curioso porque los grandes medios nos repiten diariamente que estamos frente a un gobierno hegemónico y que atenta contra la libertad de prensa, mientras que por otro lado es evidente que en los canales de aire, en los diarios más leídos y en las principales cadenas noticiosas de cable no hay nadie que hable a favor del modelo económico oficial con el fervor ridículo de los neoliberales de antaño.

Ante esto si algún imitador deseara reirse de algún periodista propalador de la línea nacional y popular no podría, sencillamente porque no hay material, porque no son conocidos, ni tienen horario central o siquiera aire; mientras que un tipo como Capusotto puede hacerse un picnic con todos los tics que cultivan de manera uniforme los noticieros opositores.

En realidad, con este antecedente queda claro que la búsqueda de pluralidad es un verso de los poderosos porque todos los canales de expresión que están bajo su control siempre han servido para proyectar un único discurso sin fisuras, y son sus actores los únicos con acceso al gran público.

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