El asesino eficiente ha muerto


Robert McNamara no fue el creador de la idea macabra de medir el impacto de la guerra a través de la fría eficiencia de las estadísticas; en todo caso fue quien llevó esta metodología a su climax durante la Guerra de Vietnam, mientras se desempeñaba como Secretario de Defensa de JF Kennedy y su sucesor, Lyndon Johnson.

Las guerras han sido calificadas muchas veces como una de las principales empresas humanas por eso no es para nada raro que justamente McNamara con su título en Administración de Negocios de Harvard comenzara su carrera profesional durante la Segunda Guerra Mundial midiendo y tabulando la destrucción que ocasionaban los bombarderos norteamericanos en su campaña del Pacífico. Debe haberlo hecho muy bien, porque sin pisar jamás el frente de batalla se retiró como Teniente Coronel y con una medalla al mérito.

En tiempos de paz los servicios de Robert fueron requeridos por Ford Motors, donde una vez más demostró su notable capacidad de organizador y su estricta manía por traducir todos los logros y tropiezos de la compañía en prolijos dossiers llenos de gráficos. Tampoco hizo mal esta tarea al punto que fue considerado en su momento como una de las cabezas ejecutivas que impulsaron a Ford hasta la cima de la ola productivista de la posguerra.

Con esos pergaminos en su curriculum, fue convocado por John F Kennedy para hacerse cargo de la cartera de Defensa de los EE.UU., en uno de los momentos más álgidos de la guerra fría, cuando el conflicto nuclear parecía estar a apenas minutos de desatarse. Y allí, nuevamente el epítome del ejecutivo capitalista que encarnaba McNamara, sacó a relucir toda su sapiencia.

Sin esperar demasiado tiempo se puso a pensar cómo impediría que el comunismo avanzara sobre una lejana región del planeta que muchos solo conocían bajo la denominación genérica de Indochina. Allí, un puñado de paises recientemente descolonizados habían comenzado su camino independiente bajo la influencia creciente de la China de Mao y con una vocación antiimperialista que le ponía los pelos de punta a más de un jefe de gobierno occidental.

Una de esas naciones, Vietnam, había avergonzado a Francia, poniéndola con los pies en polvorosa luego de una sangrienta guerra de liberación nacional; y su caudillo, Ho Chi Minh, se había transformado en una figura casi mítica, constituyéndose en una verdadera piedra en el zapato en el andar de la cruzada anticomunista mundial. Para sacarse semejante molestia McNamara decidió que era tiempo de utilizar la inventiva, planeó cuidadosamente un supuesto ataque vietnamita a barcos de la Unión en el Golfo de Tonkin y con ello liberó las manos de su presidente (Johnson), consiguiendo el visto bueno del Congreso para lanzarse a lo que sería una desastrosa aventura bélica. El mecanismo de la falsa provocación para iniciar un conflicto armado no es -como vemos- un invento de Bush y ha tenido cultores extremadamente diestros en la Casa Blanca desde hace por lo menos 160 años.

Una vez que la guerra estuvo en marcha, Robert estaba en su salsa. El no era un general, era un hombre de negocios y las fuerzas armadas a sus órdenes se vieron envueltas en un sistema fordista de cumplimiento de plazos y objetivos perfectamente mensurables. Los oficiales en los frentes de combate debían llenar planillas diarias con las tareas desarrolladas durante la jornada y era especialmente importante consignar cada baja enemiga como si se tratase de una unidad terminada saliendo de esta moderna fábrica de muerte.

El sistema, de más está decir, tenía sus inconvenientes. El más obvio y natural fue la mentira, se informaban más enemigos muertos de los que realmente se ocasionaban (parece que el vietcong era esquivo); pero además se recurría al sencillo expediente de matar civiles inocentes a fin de inflar las planillas que la burocracia exigía y alcanzar así las metas de "producción" impuestas por la gerencia de Washington. De esta forma Vietnam se convirtió primero en una carnicería y después en un fracaso indigerible hasta hoy.

McNamara no contaba con la resolución de un pueblo que había decidido vivir libre y dignamente, nunca comprendió el factor subjetivo, ese que es complicado de leer en un cuadro estadístico; pero que se percibe tantas veces como una llamarada en los libros de historia o entre las páginas de los diarios de hoy.

Sin entender nada de esto y con una buena cantidad de cadaveres adosados en su foja de servicios, Robert McNamara murió ayer, rodeado por el amor y la atención de su familia, un pequeño derecho que se transformó en un privilegio negado para los cientos de miles que murieron con el napalm pegado a sus huesos en un lejano país del otro lado del planeta.