Quito Mariani opina sobre Honduras

Nos ha llegado un mail del Padre Quito Mariani, donde expresa varias ideas muy interesantes sobre lo que ha sucedido en Honduras. El escrito está en el marco de un intercambio de ideas iniciado por Adrián Vitali sobre el rol de la iglesia en el reciente golpe hondureño y que también reproduciremos en el blog.

La hondura de Honduras

No se trata solamente de un levantamiento de las fuerzas armadas de un pequeño país centroamericano para derrocar un gobierno constitucional y democrático decidido a una reforma social con utilización de los medios disponibles en la Democracia. Entre esos medios, después de largos años de opresión y experiencia de la dirección antipopular adoptada por los poderes dominantes en la elaboración de las leyes, figura por eso, la reforma constitucional. Una reforma que, en muchos países no puede postergarse a riesgo de imposibilitar para siempre la salida de la postergación y exclusión de las mayorías empobrecidas. Así, exactamente, lo intuyó Evo Morales jugándose entero para lograrlo. Y jugándose enteros también, los organismos latinoamericanos (UNASUR, ALBA, MERCOSUR) que lograron con rápida convocatoria, detener el golpe y el magnicidio ya en marcha.

En Honduras, tras el fracaso en Bolivia, en donde los actores principales de la rebelión fueron los delegados de los departamentos del nordeste, que aludieron claramente a la solidaridad de los dirigentes del agro argentino cuando aseguraban entusiastamente el triunfo de su embestida, las fichas se movieron distinto. Los altos mandos militares, respondiendo a la formación adquirida en la Escuela de las Américas, con una buena dosis de mesianismo en cuanto a guardianes del orden y la democracia gracias al imperio de las armas, esperaron el momento propicio. Una iniciativa del Ejecutivo nacional de una 4ta.urna añadida a las de las próximas elecciones para convocar a una Asamblea popular que aprobara la reforma de la Constitución. El ejemplo de los plebiscitos de Chávez (amigo de Zelaya) en Venezuela defendiéndose del agresivo presidente Bush y sus esbirros, en base a convocatoria del pueblo que ratificó una y otra vez su mandato, apareció como demasiado peligroso. Una rápida campaña mediática (estamos acostumbrados a eso) despertó antipatías y alarma en las clases altas. Y el poder legislativo se pronunció en mayoría contra el proyecto presidencial.

Fue suficiente. El derrocamiento por las armas no tardó en manifestarse. Ya estaba preparado.

Sin dar lugar a cualquier expresión popular y arremetiendo con crueldad sobre los ocasionales manifestantes el Presidente fue aprisionado y deportado. En la Catedral, la máxima autoridad de la Iglesia católica, el Cardenal Oscar Rodríguez Madariaga (papable en el último cónclave, presidente de Caritas Internacional, candidato firme para muchos vaticanistas de suceder a Benedicto XVI) se pronunció a favor del golpe, sin ninguna presión externa que lo podía haber puesto en situación de martirio. La reacción internacional, incluido el Vaticano se pronunció en contra de esa destitución por las armas. La OEA escuchó a los golpistas y al presidente depuesto. Una delegación se propuso acompañarlo para recuperar el sitio y la función que el pueblo le había otorgado. El pueblo pobre, que ya había comenzado a poner esperanzas en su proyecto de cambio salió a las calles. Y fue duramente reprimido. El avión que llevaba la delegación de la OEA con el presidente no pudo aterrizar después de intentarlo repetidas veces con la amenaza de ser derribado, y debió cambiar el rumbo hacia El Salvador.

Pero hay algo oscuro en la trastienda. La CIA y el Pentágono estaban informados de lo que se tramaba. El presidente Obama en tibia condena declaró que se oponía al uso de violencia para operar un cambio y que las partes implicadas tenían que solucionar el asunto y se negó a entrevistar a Zelaya. La actuación de H. Clinton trató de salvar las apariencias frente a la condena casi universal de América latina y el mundo. Estados Unidos violando una ley aprobada por el Congreso, no ha suprimido ni la ayuda económica ni la militar y ha ignorado los abusos cometidos por el ejército y la policía. ¿No se trata de una advertencia muy clara para todos los países de América Latina que intenten una reforma a favor del pueblo en general y de las etnias postergadas, con la recuperación de sus propias riquezas? ¿No depende del resultado final de este ensayo en un pequeño y olvidado laboratorio el emprendimiento de otras experiencias de mayor alcance? ¿No hay acaso suficientes indicios en diversos países de estos movimientos e intenciones? Indudablemente lo acontecido en Honduras tiene más hondura de lo que parece, e implica una advertencia de alerta para toda la América latina.

José Guillermo Mariani (pbro)

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