Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad

Existe entre ciertos periodistas que hacen internacionales una especie de doctorado en la diáspora tribal que se desarrolla y guerrea en Afganistán. Desde su punto de vista hay sólidas pruebas para sostener la hipótesis de que el conflicto no solo no terminará jamás, sino que además la crisis política afgana será perpetua.

Pero lo que los especialistas olvidan decir es que en realidad Afganistán vivió un largo período de tranquilidad relativa guiado por un gobierno nacional que estaba por encima de las diferencias sectarias. Esa llamada Edad de Oro se estableció entre 1930 y 1978 y fue tan fructífera que Kabul fue conocida como la París de Asia Central.

Luego a partir de 1978 con el golpe interno y la invasión soviética, la historia se hace más conocida, la nación se convirtió en un sufrido peón del ajedrez de la Guerra Fría con las superpotencias ocupándose especialmente en agudizar las diferencias internas y el tribalismo, lo que borró de un plumazo no solo cualquier posibilidad de destino nacional sino también todo amague de autodeterminación afgana.

De todo esto se ocupó el New York Times hace un par de días (hacer click aquí para ver el artículo) pero se olvidó de decir que el trasfondo político de la situación es el colonialismo, y que éste es el causante real del empantanamiento actual y la falta de perspectivas de mejoras en el país asiático. El atascamiento, la falta de "normalidad", las crisis permanentes y la guerra civil no son casuales o fruto del carácter agresivo de los mujahidines, sino un objetivo deseado por los EE.UU. y largamente trabajado por los rusos.

Desgraciadamente la ubicación geográfica particular de Afganistán, que en otro momento le sirvió para transformarse en lugar de encuentro y paso comercial entre países asiáticos y de estos con Europa, hoy le cuesta su propia subsistencia porque todas y cada una de sus desgracias son absolutamente funcionales a intereses que le son ominosamente ajenos.

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