Por una de esas cosas confusas del calendario juliano que utilizan los rusos, algunos de los hechos más importantes de la Revolución de Octubre (1917), se desarrollaron en nuestro mes de noviembre.Justamente uno de ellos, la toma del Palacio de Invierno, ocurrió un 25 de octubre juliano o, si se quiere, un 8 de noviembre gregoriano, y se transformó en uno de los símbolos políticos más importantes del siglo XX, al punto que la palabra utopía estuvo firmemente ligada por décadas a ese momento.
La repetición de la Toma fue para muchos un sueño anhelado y para otros la pesadilla que motorizaba los más terribles temores. Sea como fuera, el Palacio, entendido como el asiento de la autocracia primero y de la burocracia burguesa después, trascendió su valor material y se instaló en el inconciente político de millones de personas alrededor de todo el mundo, como el mejor ejemplo de que la revolución era posible.
Hoy, cuando están a pleno los festejos del 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín y el consiguiente comienzo del fin del Bloque Soviético, ya casi nadie recuerda aquel viejo hito levantado en San Petesburgo por los bolcheviques de Lenín, bajo la mirada atenta de los rebeldes marineros del Acorazado Aurora.
Quizás por este paralelismo circunstancial entre ambos hechos es interesante reflexionar sobre el significado de cada uno de ellos en el momento en que se desarrollaron y cómo son vistos en el presente. Si la concreción del gobierno de los soviets barriendo el último residuo del poder burgués en la Rusia de 1917 parecía marcar en inicio del fin del capitalismo y de la explotación del hombre por el hombre; la desaparición del Muro y la consiguiente reunificación alemana de 1989 inevitablemente nos referencia hacia el fracaso del modelo de "socialismo real" forjado al calor del stalinismo, y por ende nos habla de una victoria del capital y de las distintas variantes del imperialismo.
Hoy, el enfoque sobre ambos sucesos ha sido reformulado por la realidad; en especial porque la semilla de la insurrección continúa germinando en cada grieta que se le abre al dique del sistema; pero además porque el capitalismo ha demostrado una y otra vez su tendencia a las crisis, cada vez más profundas y que conllevan un alto costo humano traducido en desocupación, hambre, miseria, guerra y muertes.
Es por eso que más allá de los fuegos de artificio y las conmemoraciones de rigor, la vida nos ha enseñado que el curso de la historia sigue abierto, el río continúa fluyendo y nadie puede abandonar sus sueños ni el esfuerzo continuo para concretarlos y hacerlos realidad.



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