Han pasado 8 años desde las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001 y hace días que me vengo preguntando si eso es mucho o es nada. La duda va y viene bajo el influjo de la sensación de que para muchas cosas que se generaron allí hay un abismo de distancia y para otras solo existe la mediación del velo transparente de la memoria.
Por eso es bueno arrancar en la búsqueda de respuestas teniendo en cuenta que durante los 90 el menemismo no solo había culminado el proceso ideológico de imponernos a los argentinos el modelo neoliberal sino que había instalado muy fuertemente que éste curso era el correcto y además era indetenible. Esa visión no solo era sostenida desde el corazón del poder político sino que además era refrendada sin demasiados cuestionamientos por importantes sectores de la progresía y la centroizquierda (la que se encontraba en el PJ, la que había desarrollado el alfonsinismo en la UCR, la del Frepaso / Frente Grande y gran parte de la silvestre que se apoyaba en la CTA).
En ese marco fue lógica la conformación de la Alianza con un tipo de derecha a la cabeza, con mucha centroizquierda a su interior y con un programa que hablaba de lucha contra la corrupción pero que compartía con el menemismo su visión macroeconómica. Este extraño cóctel puso a De la Rúa en la presidencia y a partir de allí las contradicciones eran inevitables, porque la Argentina ya se encontraba en un proceso de recalentamiento social muy difícil de detener, al punto que a solo 10 días de asumir la presidencia el gobierno federal -Gendarmería mediante- ya tenía sus dos primeros muertos al reprimir un corte de puente en Corrientes.
Lo interesante para remarcar es que mientras la resistencia al modelo (para decirlo genéricamente) había ido afianzándose durante el segundo gobierno de Menem, no había encontrado canales políticos orgánicos donde expresarse, solo estaba en la calle y en los barrios. Tal vez por eso desde la Alianza rápidamente se interpretó erróneamente que el crecimiento de la bronca solo "le hacía el juego a la derecha". Lo que no veían, embobados como estaban por los consejos de los tecnócratas y apretados por la lógica del FMI, es que el cuestionamiento popular iba cada vez más decididamente al núcleo del modelo; los millones de marginados y desocupados no reclamaban por la limpieza de la gestión pública sino que exigía su reinclusión social y el desplazamiento de aquellos políticos que habiendo prometido una cosa hacían otra apenas llegaban al poder.
En ese sentido es bueno recordar que incluso sectores bastante a la izquierda del escenario como la CTA eran muy reticentes a dar el paso de desarrollar una herramienta política propia bajo el argumento de que la misma desgastaría a un gobierno tambaleante abriéndole las puertas a un gobierno de derechas; a éste análisis lo sostuvieron sin mayores cambios cuando el propio Chacho Álvarez abandonó el gobierno, lo siguieron repitiendo después cuando desesperada la Alianza recurrió a Cavallo como última tabla de salvación y casi que lo confirmaron cuando en la elecciones parlamentarias del 2000 De la Rúa y los suyos vieron evaporarse más de 6 millones de votos.
Era paradójico pero un gobierno claramente volcado hacia la diestra, que reprimía a mansalva e implementaba un plan económico absolutamente ortodoxo era apoyado por un importante sector del progresismo bajo el muy flojo argumento de que si Chupete caía lo que venía era mucho peor... ¿Peor que eso? Imposible.
Justamente esa convicción de que nada podía ser peor es lo que ganó las calles ese 19 y 20, y mientras algunos debatían acaloradamente en sus locales sobre si había una mano oculta o no en las masivas movilizaciones populares, el pueblo argentino, como otras tantas veces, tomó las calles para decirle adios a un sistema económico perverso destructor de trabajo, dignidad, ahorros y sueños.
De golpe los que habían desconfiado durante lustros del potencial de rebeldía del pueblo se tenían que comer sus palabras, porque en aquellos días de humedad pegajosa, de humo, bronca y desafío no nos llevamos puesto solamente a De la Rúa (pobres los que banalizan así la historia) sino que les pusimos un límite al neoliberalismo, desenmascaramos sus mentiras y dejamos en claro que organismos como el FMI no eran dignos de confianza.
Después de esas noches de piquete y cacerola pudimos hablar con claridad y comprensión sobre lo que significaba la deuda externa en el país, pudimos mostrar la contudencia de la miseria en los barrios marginales; la lucha de la asignación universal por hijo lanzada por el FreNaPo unos meses antes empezó a ser una reivindicación creíble; la idea de hacer una campaña contra el ALCA comenzó a alzar vuelo con un nivel de adhesión popular que sorprendió a todos; y nuevos actores nucleados en los Movimientos Sociales se ganaron un lugar en la realidad política de nuestro país.
Indudablemente podríamos hacer mil disquisiciones sobre la clase media y sus motivaciones coyunturales o debatir al cuete sobre viabilidad de las vías institucionales en momentos de crisis, pero sospecho que sería una pérdida de tiempo porque en diciembre de 2001 nosotros votamos con todo el cuerpo, gritando, caminando, transpirando y llorando a nuestros compatriotas asesinados sin fijarnos demasiado el origen social de quienes nos movilizábamos.
Por todo eso no me caben dudas que desde aquellos días no volvimos a ser los mismos y aunque a la hora de los balances algunos puedan ver un vaso medio vacío, personalmente estoy seguro de que su mitad llena contiene todavía el agüita limpia que ha regado los momentos mejores de nuestra Patria.
Por eso es bueno arrancar en la búsqueda de respuestas teniendo en cuenta que durante los 90 el menemismo no solo había culminado el proceso ideológico de imponernos a los argentinos el modelo neoliberal sino que había instalado muy fuertemente que éste curso era el correcto y además era indetenible. Esa visión no solo era sostenida desde el corazón del poder político sino que además era refrendada sin demasiados cuestionamientos por importantes sectores de la progresía y la centroizquierda (la que se encontraba en el PJ, la que había desarrollado el alfonsinismo en la UCR, la del Frepaso / Frente Grande y gran parte de la silvestre que se apoyaba en la CTA).
En ese marco fue lógica la conformación de la Alianza con un tipo de derecha a la cabeza, con mucha centroizquierda a su interior y con un programa que hablaba de lucha contra la corrupción pero que compartía con el menemismo su visión macroeconómica. Este extraño cóctel puso a De la Rúa en la presidencia y a partir de allí las contradicciones eran inevitables, porque la Argentina ya se encontraba en un proceso de recalentamiento social muy difícil de detener, al punto que a solo 10 días de asumir la presidencia el gobierno federal -Gendarmería mediante- ya tenía sus dos primeros muertos al reprimir un corte de puente en Corrientes.
Lo interesante para remarcar es que mientras la resistencia al modelo (para decirlo genéricamente) había ido afianzándose durante el segundo gobierno de Menem, no había encontrado canales políticos orgánicos donde expresarse, solo estaba en la calle y en los barrios. Tal vez por eso desde la Alianza rápidamente se interpretó erróneamente que el crecimiento de la bronca solo "le hacía el juego a la derecha". Lo que no veían, embobados como estaban por los consejos de los tecnócratas y apretados por la lógica del FMI, es que el cuestionamiento popular iba cada vez más decididamente al núcleo del modelo; los millones de marginados y desocupados no reclamaban por la limpieza de la gestión pública sino que exigía su reinclusión social y el desplazamiento de aquellos políticos que habiendo prometido una cosa hacían otra apenas llegaban al poder.
En ese sentido es bueno recordar que incluso sectores bastante a la izquierda del escenario como la CTA eran muy reticentes a dar el paso de desarrollar una herramienta política propia bajo el argumento de que la misma desgastaría a un gobierno tambaleante abriéndole las puertas a un gobierno de derechas; a éste análisis lo sostuvieron sin mayores cambios cuando el propio Chacho Álvarez abandonó el gobierno, lo siguieron repitiendo después cuando desesperada la Alianza recurrió a Cavallo como última tabla de salvación y casi que lo confirmaron cuando en la elecciones parlamentarias del 2000 De la Rúa y los suyos vieron evaporarse más de 6 millones de votos.
Era paradójico pero un gobierno claramente volcado hacia la diestra, que reprimía a mansalva e implementaba un plan económico absolutamente ortodoxo era apoyado por un importante sector del progresismo bajo el muy flojo argumento de que si Chupete caía lo que venía era mucho peor... ¿Peor que eso? Imposible.
Justamente esa convicción de que nada podía ser peor es lo que ganó las calles ese 19 y 20, y mientras algunos debatían acaloradamente en sus locales sobre si había una mano oculta o no en las masivas movilizaciones populares, el pueblo argentino, como otras tantas veces, tomó las calles para decirle adios a un sistema económico perverso destructor de trabajo, dignidad, ahorros y sueños.
De golpe los que habían desconfiado durante lustros del potencial de rebeldía del pueblo se tenían que comer sus palabras, porque en aquellos días de humedad pegajosa, de humo, bronca y desafío no nos llevamos puesto solamente a De la Rúa (pobres los que banalizan así la historia) sino que les pusimos un límite al neoliberalismo, desenmascaramos sus mentiras y dejamos en claro que organismos como el FMI no eran dignos de confianza.
Después de esas noches de piquete y cacerola pudimos hablar con claridad y comprensión sobre lo que significaba la deuda externa en el país, pudimos mostrar la contudencia de la miseria en los barrios marginales; la lucha de la asignación universal por hijo lanzada por el FreNaPo unos meses antes empezó a ser una reivindicación creíble; la idea de hacer una campaña contra el ALCA comenzó a alzar vuelo con un nivel de adhesión popular que sorprendió a todos; y nuevos actores nucleados en los Movimientos Sociales se ganaron un lugar en la realidad política de nuestro país.
Indudablemente podríamos hacer mil disquisiciones sobre la clase media y sus motivaciones coyunturales o debatir al cuete sobre viabilidad de las vías institucionales en momentos de crisis, pero sospecho que sería una pérdida de tiempo porque en diciembre de 2001 nosotros votamos con todo el cuerpo, gritando, caminando, transpirando y llorando a nuestros compatriotas asesinados sin fijarnos demasiado el origen social de quienes nos movilizábamos.
Por todo eso no me caben dudas que desde aquellos días no volvimos a ser los mismos y aunque a la hora de los balances algunos puedan ver un vaso medio vacío, personalmente estoy seguro de que su mitad llena contiene todavía el agüita limpia que ha regado los momentos mejores de nuestra Patria.




7 Comentan sin ponerse colorados:
Jamás pude plegarme a esa euforia del 19 y 20 de Diciembre de 2001. Que se yo, ver a los caceroleros me daba algo de asquito. Todo bien, pero nos flexibilizaron y no saltaron. saltaron cuando les tocaron la platita del banco, la renta y no el laburo.
Es increíble algunos hayan visto en esas jornadas de 4x4 en plaza de mayo, una especie de ejercicio subrevolucionario.
El "Qué se vayan todos" me pareció un grito de menemismo despechado. Casi como un berrinche. Si estos y los anteriores "son-lo-mismo-son" que se vayan todos.
Uf... antipolítica a full. Esa es nuestra clase media... da como asquito.
Excelente post, Tux, me emocionó lo del "agüita", en serio.
Ahora, dos anotaciones: lo que dice de sectores de la CTA... ¿acaso la CTA no surgió de aquéllos ardores? Digo, y pienso en Abdala...
La otra es que hay un orden que no me suena: primero llamaron a Cavallo, y después renunció el Chacho, ¿no era así, no es que el ideólogo de llamarlo al Mingo fue el Chacho?
Saludos, y muy bueno, reitero.
pd: nunca voy a olvidar que una de las consignas más reiteradas, "el hit" de aquélla primera jornada fue "que el estado de sitio se lo metan en el culo". Eso no fue berrinche, en absoluto.
Fede: Ver en el 19 y 20 de diciembre un fenómeno motorizado por la clase media creo que es un error, fue mucho más amplio y justamente por eso fue capaz no solo de sacarlo a De la Rúa sino que le puso un alto a un modelo económico perverso. Por otra parte la antipolítica fue la política del menemismo como una forma de castrar la aparición de alternativas reales pero la gente, el pueblo, hace poolítica todo el tiempo y el gran problema de esos días fue justamente la ausencia de un espacio orgánico para expresarse, en ese marco el estallido estaba cantado, el tema es que nadie eperaba que fuese de tal profundidad.
Anahí: La CTA ya existía desde hacía tiempo pero no participó en el 19 y 20 de diciembre porque evaluó que era una jugada de la derecha destinada a tapar el éxito de la consulta popular del FreNaPo que había culminado unos días antes con millones de adhesiones en todo el país. Quien estaba a la cabeza de la CTA era De Gennaro, Abdala había fallecido en 1993.
El chacho Alvarez renunció a la vicepresidencia en octubre del 2000 y Cavallo llegó al gobierno de De la Rúa en Marzo de 2001. Efectivamente Mingo fue traido por el Chacho con quien tenía conversaciones desde hacía más de 8 meses. Cuando llegó Cavallo se supuso que el Chacho volvería (y se recompondría la Alianza)como ministro, mientras que Cavallo era el Jefe de Gabinete. La historia fue muy distinta y fatal.
Sí, Tux, la CTA nace en el 91, y Abdala ya formaba parte del Grupo de los 8.
Lo que yo le había entendido es que la CTA había apoyado al modelo me*emista...
Recuerdo esa consulta del FreNaPo, en la que voté: fueron más de tres millones de votos, que luego no la pelearan con fuerza, según mi opinión.
Saludos.
ps: lo que el Chacho lo tenía al revés, pero tiene razón, ¿y lo de lopezmurfito fue en el 00 o el 01, lo recuerda?
Saludos.
OK, listo, fue en el 01: http://www.clarin.com/diario/2001/03/17/e-258748.htm
Anahí: La historia de esos días realmente fue alucinante y veloz, suele ocurrir que muchos datos se traspapelen.
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