Horaldo, el señalador

De tanto en tanto surgen declaraciones como las de Abel Posse que ponen de relieve hasta qué punto una enorme cantidad de individuos ligados ideológicamente a la dictadura genocida, no solo están instalados entre nosotros sino que esperan agazapados la oportunidad para penetrar en la cosa pública y adquirir protagonismo.

Nuestra respuesta como sociedad quizás en muchos casos ha sido débil y prohibiciones tales como las destinadas a impedir que ex funcionarios del mal llamado Proceso entren a la gestión en cargos políticos o por vía electoral han sido una lucha legislativa constante desde la recuperación de la democracia, aunque se hace evidente que aún falta mucho por conquistar.

En Córdoba ahora está sobre el tapete el caso del legislador provincial Horaldo Senn, a quien se lo ha sindicado en Santa Fe, en el marco de un juicio contra genocidas, de haber participado de la represión dictatorial observando sesiones de tortura y señalando a numerosos militantes, compañeros suyos del peronismo y de otras fuerzas políticas, para que fueran objetivos de los grupos de tareas.

Este hecho no era desconocido en los círculos políticos en que se movía por lo que hace más de 20 años decidió emigrar de su provincia natal e instalarse en Córdoba para ejercer su profesión de veterinario y reinsertarse en la lid pública. Una vez aclimatado y con nuevos contactos realizados se metió a fondo en las internas del PJ apostando a fondo al jugador más afín a sus ideas, José Manuel De la Sota para representar al ala derecha de ese sector.

De esta forma Horaldo siempre fue parte del elenco estable del delasotismo y parado desde allí supo ocupar una gran diversidad de espacios políticos, donde en general nunca se cuidó de ocultar su forma de pensar y de actuar.

Algo de eso se vio tan temprano como 1989, cuando como parte del oficialismo salió a hacer una pública defensa del indulto menemista criticando ácidamente a las movilizaciones y censurando explícitamente a la JP -dirigida por un apenas conocido Luis Juez- por haber participado de las masivas marchas que en contra de la medida, se hicieron por aquellos días en nuestra provincia. Senn supo decir en ese entonces que Juez con esa actitud "no respondía al sentir de los argentinos ni de la Juventud Peronista".

Tiempo más tarde fue convocado por el Gallego a ocupar un área especialmente sensible durante todos estos años: la Secretaría de Seguridad de la provincia. Los medios locales señalaron hasta el cansancio el desconocimiento de Senn en el área, seguramente porque muchos no tenían ni idea de su historia en el aparato del ex juez Victor Brusa, uno de los grupos de represores más activos de la ciudad de Rosario durante los años de plomo.

Llegado al cargo lógicamente Horaldo fue fiel a su historia y con las sobreactuaciones de rigor participó de muchas de las fallidas medidas de "seguridad" que impulsaba De la Sota y que en el fondo solo eran puestas en escena donde se mostraban una y otra vez cantidades de vehículos policiales adquiridos en negociados millonarios, pero que poco aportaban a la solución real de los problemas.

Este afán de protagonismo mediático lo llevó a desatender otros asuntos urgentes, como por ejemplo la situación desesperante de los presos en el centenario penal de San Martín, cuestión que le terminó estallando en forma de uno de los motines más sangrientos de nuestra historia provincial y que luego se ventiló en una causa judicial donde se pudo ver con claridad no solo la incapacidad de las autoridades designadas para garantizar las mínimas condiciones humanitarias de la cárcel, sino también la locura represiva que exhibieron la policía y el servicio penitenciario de Córdoba.

Senn estuvo allí en el ojo de la tormenta, pero lo hizo fiel a su estilo para demostrar que nada de esto había sido un error, porque a la hora de hacer el recuento de los muertos en el motín eligió dejar de lado a los presos ultimados, como si no fueran importantes o como si se estuviera hablando de animales. Los reos nunca habían sido objeto de su preocupación, ni cuando los vió gritar en la mesa de tortura y menos aún cuando tuvo que brindarles condiciones medianamente dignas de detención ¿por qué se iba a interesar ahora que ya estaban muertos y enterrados? ¿por qué los tenía que contar, si ya no estaban, si habían desaparecido?

El escándalo derivado del motín fue mayúsculo y por supuesto le terminó costando el cargo, pero como siempre hay un lugarcito para un funcionario en desgracia al poco tiempo De la Sota premió a Senn sacándolo de un brevísimo ostracismo y enviándolo a otra área donde sus habilidades para los negocios eran muy necesarias, la Agencia Córdoba Ambiente, donde millones de pesos surgidos del fondo del fuego debían ser sabiamente administrados. Pero otra vez el destino puso una catástrofe en su sendero y durante su gestión se produjo uno de los incendios forestales más recordados donde quedaron patentizadas las enormes carencias de los bomberos voluntarios y su falta de elementos básicos. En ese marco llegó su broche de oro cuando en medio del infierno rechazó el ofrecimiento de la Nación de hacer llegar 150 bomberos entrenados de la Secretaría de Medio Ambiente para ayudar a sofocar el fuego. El problema en aquellos días era el distanciamiento político entre José Manuel y la Casa Rosada lo que determinó que en un acto de soberbia miles de hectáreas se continuaran quemando hasta que las lluvias estivales determinaran -como es natural costumbre- el final del incendio.

Hoy el legislador es una mochila de plomo para Schiaretti quien a duras penas había dibujado una imagen de gobernador preocupado por los derechos humanos y también es un elemento molesto para el delasotismo que ahora lo ha abandonado. Pero más allá de estas cuestiones que hablan de cuánta hipocresía son capaces de desplegar algunos que usaron las "habilidades" de Senn ayer y hoy las repudian solamente porque salieron publicadas en el diario, el caso no deja de ser interesante porque nos señala hasta que punto los herederos del proceso andan entre nosotros reproduciendo y multiplicando su legado antidemocrático cuando no criminal.

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