Más allá de que muchas veces la derecha motorice parte de su acción política bajo la muletilla gastada de "crear consensos a partir de dos o tres ejes en los que todos estamos de acuerdo" y más allá también de que han existido mil formas distintas de ridiculizar semejante reduccionismo cuya inviabilidad ha sido confirmada varias veces por la historia política del país; también es cierto de que hay algunas cuestiones que son presentadas casi como inherentes a nuestro sistema político y sobre las cuales sin dudas existe un tácito acuerdo entre las principales fuerzas que históricamente han conducido al país desde 1983.
Una de esos temas que casi no se discuten es la formalidad de nuestro sistema democrático, que imagen y semejanza de su referencia norteamericana, castra sistemáticamente las posibilidades o los deseos de participación popular en la cosa pública. Este espíritu que en la constitución de 1853 tenía un claro contenido elitista fue afinado gracias al Pacto de Olivos, la reforma consiguiente de 1994 y recientemente cristalizado en una reforma política poco feliz.
Otro item sobreentendido "por todos" es la búsqueda forzosa y forzada de un esquema bipartidista en una sociedad -la nuestra- que ha sido siempre muy diversa y donde en distintos momentos, tanto las mayorías como las minorías han sufrido en carne propia la represión y la exclusión, lo que ha creado una cultura política distinta a la de los países que teóricamente son "modelos" a seguir y que tienen dos partidos hegemónicos que se llevan el 98% de los votos. Pero así como en 1853 los constituyentes defendieron con justicia un sistema federal de gobierno, para después injertar esforzadamente el molde federal norteamericano en una estructura económica / social y política totalmente diferente a la del norte; ahora se nos empuja a pensar que solo el bipartidismo dará estabilidad al sistema, cuando en realidad se busca darle esa estabilidad a los partidos mayoritarios actualmente atravesados por una profundísima crisis y en permanente estado de resquebrajamiento.
Es normal reirse de la diáspora trosquista, pero es evidente que el peronismo y el radicalismo hace años que están sumidos en un delta ideológico que los particiona y subparticiona en islas muchas veces tan alejadas entre si que las faunas que las habitan son tan distintas que es casi imposible encontrarles coincidencias más allá de un nombre genérico.
Y finalmente está EL acuerdo de todos los acuerdos, el consenso detrás del consenso: Hay que pagar la deuda, sin cuestionar a acreedores o viejos tomadores de deuda y lo más importante, hay que echar a andar la rueda del re-endeudamiento obviando el dato de que si no se revisa lo que se hizo antes se deja sentado el precedente para que cualquier banquero u organismo de crédito puede jugar con el patrimonio económico y humano de la Nación.
Cuando arrancó el proceso de desendeudamiento de Néstor Kirchner, se avanzó exitosamente con el pago al FMI y el canje porque en la sociedad existía la convicción (como quizás existe hoy también) de que en la deuda externa estaba la base de muchos de los males que nos habían azotado como país, al punto de que eran muy pocos los que creían en los bancos y menos aún en la infalibilidad del Fondo Monetario o sus voceros del ajuste perpetuo. Por el mismo camino, la ley cerrojo que le cortaba las alas a los fondos buitres, fue una señal contundente de que Argentina, después de muchas décadas abandonaba el círculo vicioso de la dependencia a la usura.
Desgraciadamente esa tendencia hoy se ha revertido, ya no hay a la vista ni quitas ni cuestionamientos reales a los ladrones de guante blanco que saquearon a la Argentina; ahora campea la resignación y la enorme tentación de volver al "concierto de las naciones serias" para subirnos otra vez a la calesita de la deuda que nos tienta mostrándonos una sortija de tasas bajas (por ahora), o nos regala hoy unas cuantas vueltas gratis para hacernos pagar con creces mañana y pasadomañana y pasado y pasado.
A este juego ya hemos subido otras veces y siempre terminamos vomitando ¿no estaría bueno evitarlo? Bueno, parece que no, aparentemente hoy el cálculo de posibilidades da hasta aquí nomás y cualquier requerimiento de ir más allá es descalificado arbitrariamente como puro despliegue testimonial. ¿entonces qué nos queda? ¡Ah! muchas cosas supuestamente importantes, por ejemplo ponerle una vela a cada santo o demonio para que el DNU del Fondo del Bicentenario se apruebe en alguna cámara; apostar a que Redrado termine su show y abrirle las puertas a Blejer en septiembre cuando ya estemos todos disciplinados y con los patitos en fila; y rezar, rezar mucho, para que los argentinos recitemos el credo del posibilismo para olvidarnos de que hace rato ya hay "dos o tres temás de fondo" en los que quienes detentan el poder siempre están de acuerdo.
Una de esos temas que casi no se discuten es la formalidad de nuestro sistema democrático, que imagen y semejanza de su referencia norteamericana, castra sistemáticamente las posibilidades o los deseos de participación popular en la cosa pública. Este espíritu que en la constitución de 1853 tenía un claro contenido elitista fue afinado gracias al Pacto de Olivos, la reforma consiguiente de 1994 y recientemente cristalizado en una reforma política poco feliz.
Otro item sobreentendido "por todos" es la búsqueda forzosa y forzada de un esquema bipartidista en una sociedad -la nuestra- que ha sido siempre muy diversa y donde en distintos momentos, tanto las mayorías como las minorías han sufrido en carne propia la represión y la exclusión, lo que ha creado una cultura política distinta a la de los países que teóricamente son "modelos" a seguir y que tienen dos partidos hegemónicos que se llevan el 98% de los votos. Pero así como en 1853 los constituyentes defendieron con justicia un sistema federal de gobierno, para después injertar esforzadamente el molde federal norteamericano en una estructura económica / social y política totalmente diferente a la del norte; ahora se nos empuja a pensar que solo el bipartidismo dará estabilidad al sistema, cuando en realidad se busca darle esa estabilidad a los partidos mayoritarios actualmente atravesados por una profundísima crisis y en permanente estado de resquebrajamiento.
Es normal reirse de la diáspora trosquista, pero es evidente que el peronismo y el radicalismo hace años que están sumidos en un delta ideológico que los particiona y subparticiona en islas muchas veces tan alejadas entre si que las faunas que las habitan son tan distintas que es casi imposible encontrarles coincidencias más allá de un nombre genérico.
Y finalmente está EL acuerdo de todos los acuerdos, el consenso detrás del consenso: Hay que pagar la deuda, sin cuestionar a acreedores o viejos tomadores de deuda y lo más importante, hay que echar a andar la rueda del re-endeudamiento obviando el dato de que si no se revisa lo que se hizo antes se deja sentado el precedente para que cualquier banquero u organismo de crédito puede jugar con el patrimonio económico y humano de la Nación.
Cuando arrancó el proceso de desendeudamiento de Néstor Kirchner, se avanzó exitosamente con el pago al FMI y el canje porque en la sociedad existía la convicción (como quizás existe hoy también) de que en la deuda externa estaba la base de muchos de los males que nos habían azotado como país, al punto de que eran muy pocos los que creían en los bancos y menos aún en la infalibilidad del Fondo Monetario o sus voceros del ajuste perpetuo. Por el mismo camino, la ley cerrojo que le cortaba las alas a los fondos buitres, fue una señal contundente de que Argentina, después de muchas décadas abandonaba el círculo vicioso de la dependencia a la usura.
Desgraciadamente esa tendencia hoy se ha revertido, ya no hay a la vista ni quitas ni cuestionamientos reales a los ladrones de guante blanco que saquearon a la Argentina; ahora campea la resignación y la enorme tentación de volver al "concierto de las naciones serias" para subirnos otra vez a la calesita de la deuda que nos tienta mostrándonos una sortija de tasas bajas (por ahora), o nos regala hoy unas cuantas vueltas gratis para hacernos pagar con creces mañana y pasadomañana y pasado y pasado.
A este juego ya hemos subido otras veces y siempre terminamos vomitando ¿no estaría bueno evitarlo? Bueno, parece que no, aparentemente hoy el cálculo de posibilidades da hasta aquí nomás y cualquier requerimiento de ir más allá es descalificado arbitrariamente como puro despliegue testimonial. ¿entonces qué nos queda? ¡Ah! muchas cosas supuestamente importantes, por ejemplo ponerle una vela a cada santo o demonio para que el DNU del Fondo del Bicentenario se apruebe en alguna cámara; apostar a que Redrado termine su show y abrirle las puertas a Blejer en septiembre cuando ya estemos todos disciplinados y con los patitos en fila; y rezar, rezar mucho, para que los argentinos recitemos el credo del posibilismo para olvidarnos de que hace rato ya hay "dos o tres temás de fondo" en los que quienes detentan el poder siempre están de acuerdo.



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