Fragmento del libro "La Montaña es más que una estepa verde" (Omar Cabezas)
Y de tanto pensar cosas, esa noche me dormí en la troja con el radio encendido. Por la mañana se aparece Moisés con el desayuno, siempre llegaba solo, pero esa vez oí que Moisés venia acompañado, yo le conocía el golpe de los pasos al caminar. Uno más o menos identifica a la gente de tanto oír el golpe de los pasos, la fuerza de los pasos, el ritmo de los pasos; percibí que eran los pasos de Moisés pero más despacio, y vi que alguien venia tras de él. Nos preocupamos,
Andrés y yo nos pusimos rodilla en tierra con las pistolas, y la granada, parapetados, pero cuando alcancé a ver bien sobre la picadita que viene a la peña, noté que detrás de Moisés venia un viejito, y le digo a Andrés: "¿Será ése el papá de Moisés?" En efecto, me dice Moisés: "Juan José... éste es mi apito", es una forma de decir mi papacito, mi papito.
El viejito se pone a reír y me da la mano bien suavecita, como la dan los campesinos y yo veo bien que es un señor flaquito, no muy alto, pelito crespo, bien negrito, tostado, arrugadito, era como una cosa vieja, era como algo que había estado guardado durante muchos años y que de repente se sale, que vos ves, que ése que está allí es algo que fue nuevo, que fue joven y que pasó tanto tiempo guardado, que se fue deteriorando. Don Leandro fue joven pero pasó tantos
años quién sabe adónde guardado, y de repente ¡pum! me lo encontré, pero me lo encontré cuando la cosa ya estaba vieja, sin dientes, vistiendo uno de sus mejores vestidos, eran bien humildes, pero ese día él, llegó con la mejor ropita que tenía.
Y le digo: "Ajá, compañero, ¿cómo está?" "Allí, bien enfermo, es que ya estoy viejo", me dice, "y usted viera unos dolores que me agarran en el estómago; y es que yo tampoco miro porque yo ya estoy viejo, yo casi no veo, ya estoy infeliz, yo sólo con este palo ando, si voy a la milpa estoy un rato, y me canso, y tengo que ir a la casa, ya estoy arruinado", y luego me pregunta, "esa arma ¿qué es lo que es?" "Ah, ésta es una 45", le digo, "¿y las otras armas qué las hicieron?", me dice.
Yo pensé, cuando me preguntó sobre las otras armas, que él sabía que nosotros éramos guerrilleros del FSLN, que andábamos en columnas, que sospechaba que éramos los mismos de Macuelizo, yo le respondí que era por cuidado que no portaba arma larga para que no nos viera la gente, y no se diera cuenta que andábamos por esa zona, que a veces teníamos que andar nada más con pistola. "Pero estas pistolas son buenas", le digo yo. Yo no comprendía que él me estaba ligando con los viejos sandinistas de él, del general Sandino, entonces me está preguntando por las otras armas, como quien dice, las armas que andábamos ayer, ¿qué las hicieron? Para él, ese momento que estuvo guardado y se hizo viejo fue un instante de cuarenta años. Cuarenta años, pero fue un instante, como diciendo ¿adónde dejaron el Enfield o el Mauser o la treinta que teníamos? Luego me dijo con don de sapiencia y mucha seguridad: "Esas animalas son buenas, charchalean bien, charchalean bien... una vez el general Sandino me manda a traer unas tortillas a Yalí".
Bueno, y se suelta, yo dije en mis adentros: qué cosa más bella, hace de cuenta que estabas tocando a Sandino, que estabas tocando la historia... y allí mismo me di cuenta lo que significaba la tradición sandinista, se me reafirmaba, y la veía en carne y hueso, en la práctica, en la realidad... Y siguió platicando, y las anécdotas, él fue correo de Sandino... y hablándome de Pablo Umanzor que había andado con él, hablándome del general Estrada, de Pedro Altamirano, de José León Díaz, de Juan Gregorio Colindres, él anduvo con todos ellos, y me lo estaba contando como que lo estaba viendo, se quedaba ido, recordaba detalles, y yo con ganas de tener una grabadora en ese momento, porque era una cosa tan linda lo que él estaba contando, y luego me dice: "Mire, Juan José, yo le voy a decir una cosa, yo ya no puedo acompañarlo en esta campaña, porque míreme usted que ya soy un hombre viejo, yo para qué, yo con gusto pero ya no puedo, yo no aguanto una jornada más, ya esta campaña no la resisto pero yo tengo un montón de hijos y todos mis nietos, aquí están estos muchachos", y me señala al hijo, "yo se los voy a dar para que ahí anden con ustedes, porque aquí tenemos que hacer la fuerza todos, y esto no hay que dejar que lo acaben".
Pero me está diciendo que no hay que dejar que lo acaben como si nunca hubiera sido interrumpido, como una continuación de lo que él había vivido con Sandino... y entonces yo me sentí bien, y me sentí mal, me sentí feliz pero me sentí un tanto afligido porque yo miraba que a veces las cosas no nos cuajaban, la Guardia reprimía y mataba, eran tiempos duros esos, no... puta mano, pensaba en mis adentros, esta gente es valiente o es ignorante, o no saben a lo que se meten, o son irresponsables, te da esa sensación porque yo me decía... ¿cómo es posible que estén matando un montón de gente al lado de Ocotal, que salió en todos los radios que mataron compañeros, que la Guardia anduvo con helicópteros, con aviones, con miles de soldados, cómo es posible que hayan matado a toda esa gente y que este señor, siendo nosotros sólo dos hombres allí, se esté comprometiendo en un proyecto que, aparentemente en estos momentos, no pasaba más de ser una aventura peligrosa, aunque justa, pero atrevida? ¿Cómo es posible después de todas estas represiones, de todos estos muertos, de todos estos reveses, no sólo de esos reveses, sino de los reveses que ellos como sandinistas con el general Sandino habían sufrido, cómo era posible que este hombre, después de la muerte de don Bacho, me estuviera planteando que si él no fuera viejo, me acompañaría? (...)
Eran hombres descalzos, miserables, pero con un sentimiento de dignidad nacional extraordinario, con conciencia de soberanía; ésa era en esencia la realidad. Ahí me di cuenta que el Frente Sandinista estaba formando a sus militantes en una gran firmeza revolucionaria, una gran testarudez revolucionaria, un gran sentido de la dignidad y del combate, pero que estos principios no eran nuevos, no los había inventado el FSLN, sino que ése era un patrimonio histórico, era un tesoro que íbamos ahí a desenterrar.
Y ése fue el más grande acierto de Carlos Fonseca, retomar esa historia, apropiarse de esa firmeza, de esa intransigencia por la dignidad y por la soberanía. Carlos lo que hizo fue agarrar eso y dárselo a los nuevos sandinistas. Lo que el FSLN contemporáneamente estaba haciendo con nosotros y nosotros con los nuevos no era más que dándole un contenido científico a esa tradición histórica, a esa firmeza, a esa testarudez, a ese sentido de la dignidad.
Pensar que tanta agua ha corrido bajo el puente que algunas orillas se han desdibujado al punto de que ya sabemos por experiencia propia que ese río jamás es el mismo, ni vuelve atrás o se estanca.
Pensar que en el fondo, de lo que también quiero dejar constancia con este fragmento de un libro que hace años que no se reedita, es que como parte de una generación que vivió la recuperación de la democracia con los derechos humanos y sociales como bandera y desde la perspectiva épica del Sandinismo, nunca voy dejar de sentirme parte de esa tropa de pueblos libres que desde hace más de 200 años se pone en campaña todos los días para construir un continente más justo y libre.
Y aunque me digan que ya es suficiente, y aunque aparezcan utopías más terrestres, y aunque quieran imponerme el límite falso de lo posible, yo se que aquí estoy, (también) Sandinista para siempre.
Y de tanto pensar cosas, esa noche me dormí en la troja con el radio encendido. Por la mañana se aparece Moisés con el desayuno, siempre llegaba solo, pero esa vez oí que Moisés venia acompañado, yo le conocía el golpe de los pasos al caminar. Uno más o menos identifica a la gente de tanto oír el golpe de los pasos, la fuerza de los pasos, el ritmo de los pasos; percibí que eran los pasos de Moisés pero más despacio, y vi que alguien venia tras de él. Nos preocupamos,
Andrés y yo nos pusimos rodilla en tierra con las pistolas, y la granada, parapetados, pero cuando alcancé a ver bien sobre la picadita que viene a la peña, noté que detrás de Moisés venia un viejito, y le digo a Andrés: "¿Será ése el papá de Moisés?" En efecto, me dice Moisés: "Juan José... éste es mi apito", es una forma de decir mi papacito, mi papito.
El viejito se pone a reír y me da la mano bien suavecita, como la dan los campesinos y yo veo bien que es un señor flaquito, no muy alto, pelito crespo, bien negrito, tostado, arrugadito, era como una cosa vieja, era como algo que había estado guardado durante muchos años y que de repente se sale, que vos ves, que ése que está allí es algo que fue nuevo, que fue joven y que pasó tanto tiempo guardado, que se fue deteriorando. Don Leandro fue joven pero pasó tantos
años quién sabe adónde guardado, y de repente ¡pum! me lo encontré, pero me lo encontré cuando la cosa ya estaba vieja, sin dientes, vistiendo uno de sus mejores vestidos, eran bien humildes, pero ese día él, llegó con la mejor ropita que tenía.
Y le digo: "Ajá, compañero, ¿cómo está?" "Allí, bien enfermo, es que ya estoy viejo", me dice, "y usted viera unos dolores que me agarran en el estómago; y es que yo tampoco miro porque yo ya estoy viejo, yo casi no veo, ya estoy infeliz, yo sólo con este palo ando, si voy a la milpa estoy un rato, y me canso, y tengo que ir a la casa, ya estoy arruinado", y luego me pregunta, "esa arma ¿qué es lo que es?" "Ah, ésta es una 45", le digo, "¿y las otras armas qué las hicieron?", me dice.
Yo pensé, cuando me preguntó sobre las otras armas, que él sabía que nosotros éramos guerrilleros del FSLN, que andábamos en columnas, que sospechaba que éramos los mismos de Macuelizo, yo le respondí que era por cuidado que no portaba arma larga para que no nos viera la gente, y no se diera cuenta que andábamos por esa zona, que a veces teníamos que andar nada más con pistola. "Pero estas pistolas son buenas", le digo yo. Yo no comprendía que él me estaba ligando con los viejos sandinistas de él, del general Sandino, entonces me está preguntando por las otras armas, como quien dice, las armas que andábamos ayer, ¿qué las hicieron? Para él, ese momento que estuvo guardado y se hizo viejo fue un instante de cuarenta años. Cuarenta años, pero fue un instante, como diciendo ¿adónde dejaron el Enfield o el Mauser o la treinta que teníamos? Luego me dijo con don de sapiencia y mucha seguridad: "Esas animalas son buenas, charchalean bien, charchalean bien... una vez el general Sandino me manda a traer unas tortillas a Yalí".
Bueno, y se suelta, yo dije en mis adentros: qué cosa más bella, hace de cuenta que estabas tocando a Sandino, que estabas tocando la historia... y allí mismo me di cuenta lo que significaba la tradición sandinista, se me reafirmaba, y la veía en carne y hueso, en la práctica, en la realidad... Y siguió platicando, y las anécdotas, él fue correo de Sandino... y hablándome de Pablo Umanzor que había andado con él, hablándome del general Estrada, de Pedro Altamirano, de José León Díaz, de Juan Gregorio Colindres, él anduvo con todos ellos, y me lo estaba contando como que lo estaba viendo, se quedaba ido, recordaba detalles, y yo con ganas de tener una grabadora en ese momento, porque era una cosa tan linda lo que él estaba contando, y luego me dice: "Mire, Juan José, yo le voy a decir una cosa, yo ya no puedo acompañarlo en esta campaña, porque míreme usted que ya soy un hombre viejo, yo para qué, yo con gusto pero ya no puedo, yo no aguanto una jornada más, ya esta campaña no la resisto pero yo tengo un montón de hijos y todos mis nietos, aquí están estos muchachos", y me señala al hijo, "yo se los voy a dar para que ahí anden con ustedes, porque aquí tenemos que hacer la fuerza todos, y esto no hay que dejar que lo acaben".
Pero me está diciendo que no hay que dejar que lo acaben como si nunca hubiera sido interrumpido, como una continuación de lo que él había vivido con Sandino... y entonces yo me sentí bien, y me sentí mal, me sentí feliz pero me sentí un tanto afligido porque yo miraba que a veces las cosas no nos cuajaban, la Guardia reprimía y mataba, eran tiempos duros esos, no... puta mano, pensaba en mis adentros, esta gente es valiente o es ignorante, o no saben a lo que se meten, o son irresponsables, te da esa sensación porque yo me decía... ¿cómo es posible que estén matando un montón de gente al lado de Ocotal, que salió en todos los radios que mataron compañeros, que la Guardia anduvo con helicópteros, con aviones, con miles de soldados, cómo es posible que hayan matado a toda esa gente y que este señor, siendo nosotros sólo dos hombres allí, se esté comprometiendo en un proyecto que, aparentemente en estos momentos, no pasaba más de ser una aventura peligrosa, aunque justa, pero atrevida? ¿Cómo es posible después de todas estas represiones, de todos estos muertos, de todos estos reveses, no sólo de esos reveses, sino de los reveses que ellos como sandinistas con el general Sandino habían sufrido, cómo era posible que este hombre, después de la muerte de don Bacho, me estuviera planteando que si él no fuera viejo, me acompañaría? (...)
Eran hombres descalzos, miserables, pero con un sentimiento de dignidad nacional extraordinario, con conciencia de soberanía; ésa era en esencia la realidad. Ahí me di cuenta que el Frente Sandinista estaba formando a sus militantes en una gran firmeza revolucionaria, una gran testarudez revolucionaria, un gran sentido de la dignidad y del combate, pero que estos principios no eran nuevos, no los había inventado el FSLN, sino que ése era un patrimonio histórico, era un tesoro que íbamos ahí a desenterrar.
Y ése fue el más grande acierto de Carlos Fonseca, retomar esa historia, apropiarse de esa firmeza, de esa intransigencia por la dignidad y por la soberanía. Carlos lo que hizo fue agarrar eso y dárselo a los nuevos sandinistas. Lo que el FSLN contemporáneamente estaba haciendo con nosotros y nosotros con los nuevos no era más que dándole un contenido científico a esa tradición histórica, a esa firmeza, a esa testarudez, a ese sentido de la dignidad.
***
Acotación al margen: Si ya se, cada vez puedo y las circunstancias lo ameritan, en este caso un nuevo aniversario de la muerte de Augusto Sandino, cuelgo un fragmento del libro de Omar Cabezas. Seguramente es un recurso sencillo para poner en carne viva los sueños todavía vivos de ayer, y pensar, pensar y repensar.Pensar que tanta agua ha corrido bajo el puente que algunas orillas se han desdibujado al punto de que ya sabemos por experiencia propia que ese río jamás es el mismo, ni vuelve atrás o se estanca.
Pensar que en el fondo, de lo que también quiero dejar constancia con este fragmento de un libro que hace años que no se reedita, es que como parte de una generación que vivió la recuperación de la democracia con los derechos humanos y sociales como bandera y desde la perspectiva épica del Sandinismo, nunca voy dejar de sentirme parte de esa tropa de pueblos libres que desde hace más de 200 años se pone en campaña todos los días para construir un continente más justo y libre.
Y aunque me digan que ya es suficiente, y aunque aparezcan utopías más terrestres, y aunque quieran imponerme el límite falso de lo posible, yo se que aquí estoy, (también) Sandinista para siempre.




2 Comentan sin ponerse colorados:
Tux:
El libro lo tengo acá delante mío en la biblioteca, casi todo descuajeringado de tantas leídas que le pegué (me lo compré en 1985 creo). La revolución de los poetas, de las que todos los de mi generación nos enamoramos; me acuerdo de los cantitos de época, cuando ya la Contra hostigaba militarmente a la revolución:
♫ Y en Nicaragua no pasarán, o no se acuerdan lo que les pasó en Vietnam? ♫ (al ritmo de Bobby mi buen amigo)
Lástima el descalabro del final y la piñata encabezada por los Hnos. Ortega (Tendencia Insurreccional), los macarteos contra los mejores hombres del Frente (los de la Guerra Popular Prolongada), como Henry Ruiz (Modesto) que se retiró de la politica y hoy vive como un simple campesino en una chacrita, Tomás Borge sobrevolando los campamentos de los zapatistas junto a pistoleros del PRI mexicano indicando cómo tenían que reprimirlos en base a su experiencia con los indios miskitos y otras miserias que prefiero no recordar.
Cierto, todo eso no borra la gesta heroica de miles y miles de militantes del FSNL; así como aprendimos que un pueblo unido es invencible, también debemos aprender que una Revolución que pierde la moral es cualquier cosa menos eso por lo que se decía luchar.
Hoy el Frente en el poder ni por las tapas es lo que fue; de todas maneras, mi respeto y emocionado saludo para Carlos Fonseca Amador, Julio Buitrago, Henry Ruiz y todos los caídos en la lucha anti-imperialista.
PD: Parafraseando a un amigo cuando habla de la consolidación de Stalin en la URSS, la victoria de los Ortega fue la derrota de la Revolución.
PD2: Los colores de mi avatar son mi pequeño homenaje al 26 de Julio cubano y al FSLN.
CAT: Creo que Galeano decía que le apenaban los comandantes sandinistas que "eran capaces de hasta dejar la vida en la guerra, pero en la paz fueron incapaces de dejar las cosas".
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