Recuerdo que en la casa de mis abuelos había enormes álbumes de fotografías familiares bastante viejas. Con el color cepia y los bordes recortados ornamentalmente pequeños retratos congelaban poses, sonrisas y caminatas.
En cierta forma en ellas se reflejaba tambien algo de esa clase media naciente que daba sus primeras salidas más allá de la provincia recorriendo la Rambla marplatense o asomándose asombrada en el paredón del Dique San Roque cuando Carlos Paz era apenas un proyecto serrano.
Muchas veces se trataba de fotos serias que hoy causan gracia por la contractura evidente del fotografiado y otras tenían un claro sentido festivo mostrando a los niños disfrazados para cada carnaval.
En esos álbumes, hoy extraviados, estaba todo lo que fue primero alguna vez, el primer hijo, el primer auto, los primeros pantalones largos, la primera comunión, la primera moto para los chicos, la primera -y unica- novia, la primera salida de la colimba y también los primeros adioses.
Como dije antes, esas fotos ya no están, pero los recuerdos, ahora también curiosamente coloreados de cepias variables, se unen al olor de aquellos libracos con páginas de grueso cartón marrón y tapas de cuero, para remarcarme lo perdurable de lo efímero que anida en los gestos compartidos, de un brillo especial en los ojos o unas manos levantadas saludando -saludándome a mi- desde un pasado donde el hoy no era ni siquera un sueño.
En cierta forma en ellas se reflejaba tambien algo de esa clase media naciente que daba sus primeras salidas más allá de la provincia recorriendo la Rambla marplatense o asomándose asombrada en el paredón del Dique San Roque cuando Carlos Paz era apenas un proyecto serrano.
Muchas veces se trataba de fotos serias que hoy causan gracia por la contractura evidente del fotografiado y otras tenían un claro sentido festivo mostrando a los niños disfrazados para cada carnaval.
En esos álbumes, hoy extraviados, estaba todo lo que fue primero alguna vez, el primer hijo, el primer auto, los primeros pantalones largos, la primera comunión, la primera moto para los chicos, la primera -y unica- novia, la primera salida de la colimba y también los primeros adioses.
Como dije antes, esas fotos ya no están, pero los recuerdos, ahora también curiosamente coloreados de cepias variables, se unen al olor de aquellos libracos con páginas de grueso cartón marrón y tapas de cuero, para remarcarme lo perdurable de lo efímero que anida en los gestos compartidos, de un brillo especial en los ojos o unas manos levantadas saludando -saludándome a mi- desde un pasado donde el hoy no era ni siquera un sueño.
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Por supuesto nada de esto es original, como lo demuestra este corto de Ingmar Bergman llamado El Rostro de Karin, donde el cineasta recorre la vida de su madre a partir del album familiar. (A la peli la encontre en el blog Naranjas de Hirosima donde se puede ver también la ficha técnica)



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