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02 abril 2010

Cachi se acuerda


Cachi estuvo en Malvinas, llegó días después del primer desembarco junto al resto de su compañía de Comunicaciones y mientras se reencontraba con varios compañeros de la clase 62 a los cuales habían reincorporado, quedó asombrado por el paisaje áspero de las islas.

Sus recuerdos son mezclados. Tiene frescos la camaradería y el hambre. Se acuerda del pozo donde hacía guardia escuchando las comunicaciones de los ingleses y las corridas desesperadas hasta el cuartel general en Puerto Argentino donde debía entregar la cinta que acababa de grabar (solo tenían dos cintas).

Me cuenta que a veces el centinela no los dejaba pasar porque el general Menéndez tenía miedo que los colimbas se rebelaran y comenzaran a saquear los depósitos principales que, todos sabían, estaban repletos de provisiones.

Una noche me dijo que cuando se enteraron de que los ingleses cerraban el cerco sobre ellos, como ya muchos de sus compañeros no se podían mover agotados por el frío y la falta de alimento, los tuvieron que levantar y colocarlos en posiciones defensivas para enfrentar lo que ellos suponían la batalla final.

El tiene cientos de recuerdos y a veces los recita sobreponiéndose a la angustia que de tanto en tanto todavía lo asalta. Se acuerda del regreso, de los oficiales prisioneros que pretendían trato especial y conservar su pistola para “poner orden”. Rememora los interrogatorios en los cuarteles de Buenos Aires, y a él, solo repitiendo su nombre para pedir volver a su casa. La voz se le atora cuando se le cruzan las imágenes del viaje en tren desde Capital Federal hasta Córdoba y su madre desmayándose de la alegría cuando lo vio entrar por la puerta de su casa en Villa El Libertador; había llegado flaco, triste, con la mirada de otro, pero vivo. Era suficiente.

Cachi tiene a las Malvinas tatuadas en su brazo izquierdo, en su corazón y en las cicatrices de sus pies que acabaron con la planta pegada, casi fundida, con los borceguíes. Se acuerda a veces de la cara de pena de los médicos ingleses cuando los revisaron y vieron su estado y muchas le da bronca cuando piensa que en más de un sentido sus enemigos los trataron mejor que sus propios compatriotas.

Después de la guerra al Cachi lo rechazaron en varios laburos por su condición de ex combatiente y por un tiempo trabajó en la Vokswagen cuando la empresa recibía un “incentivo” oficial para contratar veteranos, pero apenas se derogó el decreto que lo protegía el telegrama de despido le llegó con fría puntualidad alemana. En esa época, él tomaba mucho los fines de semana y se levantaba en medio de la noche para ocultarse en cualquier recoveco oscuro con un revolver viejo en la mano. Allí acudía su madre que le hablaba durante horas para ahuyentarle los fantasmas de los compañeros muertos, los bombardeos y el frío.

El tiempo ha pasado, ya tiene hijos y varias ex - parejas en su haber. A decir verdad al Cachi no le gusta hablar mucho de su experiencia malvinera pero cada vez que lo hace le sale como una catarsis arrolladora que culmina con la bronca intacta de un pibe de 20 años arrodillado con las manos en la nuca frente a la casa del gobernador inglés viendo como se arriaba la bandera argentina y en su reemplazo subía lo que él siente todavía como el pabellón de la vergüenza.

(Este post fue publicado originalmente en Abril del año pasado)

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