Hace tiempo que me pregunto por qué la noticia de los juicios a Menéndez se ubica en los diarios dentro de la sección que genéricamente se llama "Política". Si lo que se está tratando es de dilucidar crímenes, sus autores y sus consecuencias legales quizás lo más apropiado sería encontrar a los genocidas en las páginas policiales al lado de otros hechos de "inseguridad".
Más de una vez he visto en cambio que allanamientos a locales partidarios o las detenciones de delegados gremiales tienen su espacio no entre las novedades políticas sino que van invariablemente junto a la crónicas de crímenes, asaltos o accidentes de tránsito.
En esta línea paradojal podemos encontrar hoy una nota de La Voz del Interior sobre Jorge Rafael Videla, titulada "La Intimidad del dictador", donde se describe la vida carcelaria del ex general haciendo eje en su perfil bajo, su buen trato con los carceleros, su religiosidad, su meticulosidad y la frugalidad de sus hábitos alimenticios. Si no nos detuviéramos a pensar por un instante -cosa que el cronista, Miguel Durán, no se permite- que se está hablando de uno de los asesinos más contumaces que haya tenido nuestra historia nacional, el lector estaría tentado a pensar que la nota solo describe de un militar sanmartiniano inserto azarosamente en una crisis no deseada.
El argumento del hombre común puesto ante situaciones extraordinarias que usaron los nazis y los jerárcas del Proceso, hoy ya lo reconocemos como falaz, y quien escribe esa nota también lo sabe pero nunca lo explicita. Él conoce que ese sujeto ya ha sido juzgado y condenado por múltiples crímenes contra la humanidad de los cuales jamás se arrepintió, que no solo es un "dictador" o alguien que "fuera comandante en jefe de las Fuerzas Armadas en el período más cruento de la represión en la Argentina", sino que el plan sistemático de desaparición de personas llevó su firma y se realizó bajo su atenta mirada, pero estas cuestiones de fondo son dejadas de lado por descripciones superficiales sobre el atildado atuendo del reo.
La carencia total de autocrítica de Videla se destaca en una de las frases con las que se describe la generosidad del criminal hacia sus carceleros dicha el día que llegó a Bower: "Ustedes no tienen la culpa de que yo esté aquí. Quédense tranquilos". Esta oración solo puede ser propia de un megalómano que no solo no espera ningún perdón sino que siente que en algún momento podrá él juzgar a los culpables y a los inocentes de su trance actual. "Quédense tranquilos" les dice a sus guardias, como si todavía tuvieran algo que temer, como si esta democracia que hemos construido solo fuera un paréntesis de libertinaje antes del regreso del orden, de su orden.
Sin dudas hacer una crónica humana sobre alguien tan inhumano como Videla tiene su mérito, en especial cuando para pintarlo jamás se usen las palabras criminal, asesino, desaparición, secuestro y menos aún chupadero o tortura; descartando así elementos esenciales para comprender de quien se está hablando. Permitirnos comprender que alguien con la capacidad de destrucción que tuvo el ex general, es hoy un anciano que come albóndigas sin mucho condimento, en algunos puede despertar conmiseración y en muchos la convicción de que hasta a los hijos de puta les llegan los achaques de los años y el colon irritable.
A mi me gustaría pensar que "Las intimidades del dictador" fue escrita con la idea de mostrar que personajes como Videla no nacen de un repollo, sino que son producto de nuestra sociedad y que detrás de tanta urbanidad se esconde mucha violencia contenida. Este enfoque no estaría nada mal porque sin dudas serviría para dar un debate sobre los alcances reales del autoritarismo entre los argentinos, pero la verdad cuando se escribe descartando tantos elementos pareciera que lo único que se busca es lograr grados de empatía con un criminal para evitar que al juzgarlo a él juzguemos también la extensa red ideológica-mediática que permitió el golpe y la represión.
Más de una vez he visto en cambio que allanamientos a locales partidarios o las detenciones de delegados gremiales tienen su espacio no entre las novedades políticas sino que van invariablemente junto a la crónicas de crímenes, asaltos o accidentes de tránsito.
En esta línea paradojal podemos encontrar hoy una nota de La Voz del Interior sobre Jorge Rafael Videla, titulada "La Intimidad del dictador", donde se describe la vida carcelaria del ex general haciendo eje en su perfil bajo, su buen trato con los carceleros, su religiosidad, su meticulosidad y la frugalidad de sus hábitos alimenticios. Si no nos detuviéramos a pensar por un instante -cosa que el cronista, Miguel Durán, no se permite- que se está hablando de uno de los asesinos más contumaces que haya tenido nuestra historia nacional, el lector estaría tentado a pensar que la nota solo describe de un militar sanmartiniano inserto azarosamente en una crisis no deseada.
El argumento del hombre común puesto ante situaciones extraordinarias que usaron los nazis y los jerárcas del Proceso, hoy ya lo reconocemos como falaz, y quien escribe esa nota también lo sabe pero nunca lo explicita. Él conoce que ese sujeto ya ha sido juzgado y condenado por múltiples crímenes contra la humanidad de los cuales jamás se arrepintió, que no solo es un "dictador" o alguien que "fuera comandante en jefe de las Fuerzas Armadas en el período más cruento de la represión en la Argentina", sino que el plan sistemático de desaparición de personas llevó su firma y se realizó bajo su atenta mirada, pero estas cuestiones de fondo son dejadas de lado por descripciones superficiales sobre el atildado atuendo del reo.
La carencia total de autocrítica de Videla se destaca en una de las frases con las que se describe la generosidad del criminal hacia sus carceleros dicha el día que llegó a Bower: "Ustedes no tienen la culpa de que yo esté aquí. Quédense tranquilos". Esta oración solo puede ser propia de un megalómano que no solo no espera ningún perdón sino que siente que en algún momento podrá él juzgar a los culpables y a los inocentes de su trance actual. "Quédense tranquilos" les dice a sus guardias, como si todavía tuvieran algo que temer, como si esta democracia que hemos construido solo fuera un paréntesis de libertinaje antes del regreso del orden, de su orden.
Sin dudas hacer una crónica humana sobre alguien tan inhumano como Videla tiene su mérito, en especial cuando para pintarlo jamás se usen las palabras criminal, asesino, desaparición, secuestro y menos aún chupadero o tortura; descartando así elementos esenciales para comprender de quien se está hablando. Permitirnos comprender que alguien con la capacidad de destrucción que tuvo el ex general, es hoy un anciano que come albóndigas sin mucho condimento, en algunos puede despertar conmiseración y en muchos la convicción de que hasta a los hijos de puta les llegan los achaques de los años y el colon irritable.
A mi me gustaría pensar que "Las intimidades del dictador" fue escrita con la idea de mostrar que personajes como Videla no nacen de un repollo, sino que son producto de nuestra sociedad y que detrás de tanta urbanidad se esconde mucha violencia contenida. Este enfoque no estaría nada mal porque sin dudas serviría para dar un debate sobre los alcances reales del autoritarismo entre los argentinos, pero la verdad cuando se escribe descartando tantos elementos pareciera que lo único que se busca es lograr grados de empatía con un criminal para evitar que al juzgarlo a él juzguemos también la extensa red ideológica-mediática que permitió el golpe y la represión.




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