Redes sociales

10 diciembre 2010

Inmigrante


Mi tatarabuelo desembarcó por estas tierras a mediados de julio 1890 y muy rápido se dio cuenta que rara vez los que vienen de lejos son realmente bienvenidos por cierto sector de las sociedad que los ven como portadores de costumbres extrañas a un concepto que ya empezaban a acuñar por aquellos años: "el sentir nacional".

No era una buena época en la Argentina, una profunda crisis económica confluía con una debacle política que empezaba a marcar el fin del Unicato, el régimen corrupto que había dirigido el país bajo la mirada atenta de Julio Argentino Roca.

Eran por lo tanto también los días de la Revolución del Parque y todos los extranjeros eran vistos como fieros militantes de la causa de la Unión Cívica, por eso el Tátara, que había llegado medio famélico gracias una dieta monótona de papas alemanas y sin más posesión que un viejo crucifijo luterano dentro de una valija de cartón con dos camisas, un saco y dos pantalones, anduvo buscando refugio tras las únicas barricadas que le daban asilo y donde podía encontrar a alguien que hablara su propio idioma. Porque mientras él hablaba alemán, los que lo perseguían hablaban el lenguaje de la xenofobia.

Y esta lengua, la xenófoba, es desde aquellos años hasta hoy algo así como la lengua materna de varios argentinos y paradojamente algunos de los que bajamos de los barcos rechazan a los que bajan desde el norte cercano. Peruanos, bolivianos, paraguayos son mostrados por un franja de la clase política más racista y oportunista como los verdaderos causantes de buena parte de los problemas sociales del país. Desde esta perspectiva excluyente la inseguridad, el narcotráfico, la falta de trabajo o la escasez de viviendas no responden a gruesas fallas en la implementación de políticas de estado sino sencillamente a la llegada de trabajadores extranjeros. Esta mirada miserable que hace pie en miserías culturales más profundas es un síntoma indubitable de lo cerca que estamos del autoritarismo pero también cuán entrelazado está el pensamiento mágico de la intolerancia con las ideas de derecha.

En los trágicos sucesos de Villa Soldati mucho de esto ha quedado a la vista. El macrismo ha sido desnudado al mostrar su incapacidad para escuchar a los más humildes, su proclividad a la represión y su rechazo a negociar con aquellos que considera que no están a su nivel. Al mismo tiempo ha salido a la luz uno de los problemas más acuciantes en nuestro país como lo es la falta de planes de vivenda social, planificados desde las administraciones locales y particularmente desde la Nación.

En Córdoba ya vimos como los grandes emprendimientos habitacionales estatales estuvieron ligados a sacar las villas de terrenos caros dentro del éjido urbano para trasladar a sus habitantes a barrios tan lejanos que hasta carecían de los más elementales servicios; pero además hemos sido testigos cómo, desde el Ministerio de Planificación de la Nación, se han digitado los planes en función de las empresas constructoras (en desmedro de las cooperativas) mientras que los fondos para que la provincia construya llegaron en cuentagotas -cuando llegaron- de acuerdo a la cercanía o lejanía de De la Sota y Schiaretti a la Casa Rosada. Desgraciadamente -y esto lo tienen que admitir hasta los oficialistas más proclives a la justificación- lejos de un plan nacional de viviendas lo que hemos tenido estos años ha sido un grifo de recursos que se ha abierto o cerrado de manera discrecional de acuerdo a la adhesión o no de los gobiernos locales con la administración central, y esto ha tenido las consecuencias tangibles que reflejan los medios cotidianamente.

Pero estas cosas son las que puedo dimensionar políticamente y plasmar por escrito, lo que me supera absolutamente son las imágenes de los tipos armados, miembros de barras bravas y de "Hinchadas Unidas Argentinas" supuestamente vecinos indignados de Lugano, apuntando y disparando al montón, poniendo en práctica esa frase que escuchamos tantas veces en la calle "hay que matarlos a todos", mientras que desde los estrados oficiales funcionarios a los cuales realmente nunca les interesaron estos temas se tiran culpas -y muertos- entre ellos.

Salvando la distancia de los años y de la historia no puedo dejar de sentir que los asesinos racistas de hoy son idénticos a los que más de un siglo atrás perseguían a todos los que hablaban distinto o se veían diferentes como mi tatarabuelo. Quiero pensar que la humanidad progresa, pero ciertas imágenes, determinadas palabras, esos disparos, me recuerdan que a veces el camino es mucho más largo y pesado que lo que yo creía.

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