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23 diciembre 2010

Primer mandamiento del profeta Schiaretti: Judicializarás la protesta

Se supone que las leyes deben ser votadas de cara a la sociedad, sobre todo aquellas que tienen una injerencia fundamental sobre la vida de los ciudadanos.

Se supone que en líneas generales todos tenemos el derecho a asistir a las sesiones públicas de la legislatura provincial para ver allí como los reprsentantes del pueblo manifiestan su conformidad o no con las distintas propuestas que llegan al recinto.

Se supone que todos podemos peticionar ante las autoridades.

Pero todos estos supuestos están escritos en el agua para un gobierno como el de Schiaretti que tiene incorporado como un reflejo de nacimiento el cerrar las puertas a cualquier discusión o debate que cuestione lo que sus funcionarios consideran "directrices estratégicas de la gestión", que en el fondo no son otra cosa que una cuidada trama de negocios corruptos y prebendas sectoriales a las que el gobierno honra con mucho más fervor que a cualquier compromiso con la gente.

Por eso cada vez que alguna de sus más polémicas leyes es votada en la legislatura, la misma amanece vallada y rodeada por centenares de policías, tal como si fuera una especie de castillo medieval, con el único fin de alejar a dos o tres cuadras la protesta de quienes se oponen. Eso sucedió el miércoles pasado cuando se reprimió a los estudiantes y manifestantes que terminaron apaleados por la policía provincial cuando chocaron contra el cerco que les impidió llegar hasta el "Palacio de las Leyes".

Ayer, para completar el abuso y dejar en claro que no hubo errores ni excesos en el accionar policial, el ministro Carlos Caserio cursó una denuncia penal que contempla la iniciación de acciones legales contra los manifestantes del miércoles que se puedan identificar, en lo que se constituye una nueva avanzada en la senda de judicializar de las protestas en Córdoba y utilizar a jueces y ficales para tratar de inhibir a los opositores.

Parece que el progresismo de Schiaretti tiene las patas más cortas que sus propias mentiras.

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