Leía una nota en el blog de Verboamérica sobre por qué a su juicio a la derecha le gusta la película Invictus y qué "enseñanzas" sacan de ella para transpolarlas a nuestra historia reciente. Esa nota no es solo interesante sino que además me movió a poner en letras lo que hace un par de semanas vengo pensando sobre este tema en particular.
Cuando terminé de ver Invictus automáticamente pensé que pronto parte de su guión empezaría a ser utilizado para tratar de enseñarnos a los argentinos lo que la sabiduría de Mandela había construido sobre la base de la reconciliación y el perdón. Efectivamente a los dos días ya podía escuchar en los medios a muchos editorialistas políticos metaforizando sobre la peli en cuestión y poniendo su ejemplo sobre como construir un "país sin odios ni revanchismos".
Por mi parte en Invictus no vi una foto congelada del líder abriendo los brazos y conduciendo a todos sus compatriotas hacia un país con lugar para negros y blancos en igualdad de condiciones y utilizando para ello a su selección nacional de Rugby, sino que puede entrever a alguien que pensaba desde hacía 40 años cuál era la nación que deseaba poner en pie y cómo lo iba a hacer.
Los panegiristas del
Mandela sabio y tolerante dejan de lado que las potencias occidentales consideraron desde siempre a su organización, el ANC (Congreso Nacional Africano) y a él, su principal referente, como terroristas enrolados en una confrontación armada y autores de numerosos atentados. Durante décadas Sudáfrica estuvo sumergida en una sorda guerra civil donde la mayoría negra demostró que no sería vencida, por eso la liberación de Mandela y la desaparición del Apartheid tuvo mucho que ver tanto con ese panorama político militar como con la presión internacional.
En ese sentido es imposible soslayar que unos años antes de que los principales dirigentes de la ANC fueran trasladados de su prisión de Roben Island hacia cárceles menos duras donde se inició el camino de la negociación, desaparecía el bloque socialista. Este hecho que marcó a fuego la parte final del siglo XX, tornó insostenible el apoyo de las potencias occidentales a un país y a un régimen racista que era tolerado e incentivado en función de su rol de gendarme en la región. Cuando el cuco del comunismo internacional y la influencia soviética y cubana se evaporaron de África seguir bancando al anacronismo nazi de los Afrikaners era totalmente inútil y contraproducente.
Por otra parte es bueno recordar que luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, todo el continente africano se comenzó a transformar de la mano de un proceso independentista y de descolonización. Esos años vieron surgir a la mayoría de las naciones africanas que hoy conocemos en medio de circunstancias extremadamente contradictorias y dolorosas. El retiro de las tropas coloniales implicaba muchas veces el derrumbe de todo el aparato estatal que estaba en manos de los blancos y también el resurgimiento de disputas políticas, étnicas o tribales que habían estado contenidas por décadas y que de golpe irrumpían como sangrientas guerras civiles.
Lo ocurrido en ese sentido con Lumumba en el Congo, debe haber sido una experiencia muy importante a la hora de que Mandela comprendiera, tal como se ve en la película, que confrontar con la minoría blanca lo haría perder los resortes del estado y de la economía del país. De la misma manera haber entrado en el conflicto que muchos miembros de la ANC querían con étnias que habían colaborado con el régimen blanco, era comprarse un pasaje sin retorno al abismo.
Si Mandela hubiese tomado por esos caminos no solo que hubiese perdido la posibilidad real de terminar con el Apartheid sino que además hubiera incentivado la ingerencia extranjera en su país que, bajo la excusa de proteger a la minoría blanca, contribuiría a reemplazar a un opresor por otro. Esta posibilidad era mucho más que una hipótesis ya que hasta el día de hoy es una práctica periódica de los EE.UU. y de algunas naciones europeas.
Finalmente la orientación fue otra y en cierta forma fue realmente revolucionaria, porque usando como bandera la reconciliación y la conformación de una nación arcoiris, mantuvo al país funcionando, cambió la orientación de su política internacional, tiró al basurero de la historia al Apartheid, y le quitó la base de sustentación a los grupos paramilitares afrikaners que estaban dispuestos a iniciar una enorme matanza con el fin de intentar perpetuar un inviable poder blanco.
El establecimiento del principio de igualdad, aunque seriamente limitado por el contexto económico y cultural implicó un avance que continúa hoy, y si bien el modelo elegido no es el socialismo al que Mandela adscribió tantas veces en público, es claro que se ha transformado positivamente la vida de millones que hoy se pueden plantear nuevas metas políticas que vayan más allá de la libertad obtenida.
Por supuesto un tema queda en el tintero y es el de los crímenes de odio y racismo que alcanzaron niveles de genocidio. Frente a esta realidad que contemplaba miles de casos de tortura, asesinatos brutales, desapariciones y abusos de todo tipo, Mandela no recurrió a la justicia ordinaria, sino que impuso a todos los acusados de esos crímenes la obligación de confesarlos y arrepentirse públicamente de ellos para evitar de esta forma los juicios y las condenas. Esta salida, corporizada en una comisión presidida por el obispo Desmond Tutu, a muchos de los que vivimos de este lado del mundo no nos cuadró en su momento y quizás tampoco en éste, pero es claro que conllevó un fuerte acercamiento hacia una verdad histórica que hoy nadie cuestiona. En este punto entonces, los defensores del
Invictus reconciliatorio se encuentran con otro problema ya que los genocidas argentinos no solo que no confiesan o arrepienten de sus actos sino que muchos de ellos continúan reivindicando a viva voz a la dictadura y sus metodologías.
Hecha toda esta larga contextualización, debo confesar que Invictus me gustó porque a pesar de que superficialmente nos podemos quedar con una anécdota simplona de la historia, en breves pincelazos se asoman -para quien las quiera ver- varias lineas importantes: El Mandela solo, abandonado por su familia esboza la interna de la ANC y los costos del poder; el Mandela que lidera con su ejemplo, enseña a sus compañeros a ser audaces y flexibles para lograr sus objetivos; y el Mandela del alma invicta, le escapa al individualismo para acompañar y guiar a su patria en la búsqueda de ser el capitán de su propio destino colectivo.
Trascendió también que el mismo malviviente, abusando de la bonhomía del alcalde cordobés le entregó títulos de propiedad sobre el Obelisco porteño y una promesa de fondos frescos para el ferrourbano firmada por Jaime.
Consultado en Córdoba sobre ésta incómoda situación, Yaco se lamentó amargamente por la estafa pero se manifestó absolutamente feliz de haber conseguido que el simbólico Obelisco se traslade a Córdoba, para lo cual ha despachado dos camiones de la Crese para cumplir con la mudanza.