Redes sociales

01 abril 2011

Convertibilidad y transformismos

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Hace menos de una semana marchamos en todo el país recordando el último golpe de estado que asoló nuestra nación y que nos dejó 30.000 desaparecidos, miles más en el exilio y una herida de impunidad que recién hoy, 35 años después comenzamos como sociedad a cerrar. De la mano del golpe cívico militar, como tantas veces se dijo, comenzó también un profundo proceso de cambio económico de corte neoliberal que necesitaba de enormes dosis de represión para instalarse efectivamente.

Hoy, Primero de abril de 2011 tenemos ante nosotros otra fecha emblemática, en la que la memoria nos trae los discursos con que un día como este, pero de hace 20 años, Carlos Menem y Domingo Cavallo lanzaban su programa económico-político, bajo el nombre de Plan de Convertibilidad. Este plan, continuidad necesaria de aquel otro que inauguraran los militares con Martínez de Hoz durante la dictadura, no solo tenía como base el famoso UNO a UNO (un dolar igual a un peso) sino que venía acompañado de un amplio despliegue de medidas que privatizaron empresas públicas estratégicas, desarmaron el andamiaje de protección y solidaridad social, implementaron un rosario interminable de ajustes, privilegiaron la especulación financiera por encima de la producción, atacaron duramente a la industria y desnacionalizaron la economía, dejando a millones de compatriotas en la marginalidad y el desamparo más absoluto.

En el plano ideológico ese proyecto antinacional también fue al hueso. El modelo neoliberal se presentó a si mismo como la única alternativa posible para vencer el mal de la hiperinflación que nos había aterrorizado durante un quinquenio, y como el camino empedrado hacia el progreso y la globalización, mostrada esta  última cual si fuese la panacea universal a los "males argentinos". Importantes franjas de los partidos tradicionales ya participaban de esta idea desde hacía tiempo y estaban tan seguros de su llegada como uno lo puede estar de que el agua moja; otros, quienes se ubicaban dentro del progresismo y también en la izquierda, asumieron con resignación el arribo de una topadora a la que, si no podían detener al menos iban a tratar de hacerla menos dañina. El discurso del Frente Grande y del Frepaso fue en su momento la expresión más completa de este último pensamiento, que rápidamente asumió como propios los lineamientos básicos del neoliberalismo y hasta llegó a calificar de "funcionales a la derecha" a todos los chispazos de resistencia que desde 1991 se comenzaron a repetir en forma sistemática y cada vez más extendida. "Humanizar el modelo" (¡¿se acuerdan?!) fue su domesticado caballito de batalla y, con cabalgadura tan pobre era lógico que su tranco fuera tan decepcionante y corto.

Lo que había ocurrido, es que en la Argentina se había producido un fenómeno que Gramsci describió como de "Transformismo", entendido este como la acción mediante la cual la clase dirigente coopta e integra a los intelectuales de las clases subalternas, descabezándolas en el plano de la dirección político- ideológica. Así, el noventismo (que si existe, pero ya no triunfará) consolidó el sesgo excluyente del modelo no solo en el plano económico sino fundamentalmente en el ideológico, apartando a grandes franjas de la sociedad de cualquier forma de  participación al consagrar a la antipolítica como el eje discursivo en boga.

De esta forma cientos de dirigentes partidarios, sindicales y sociales, por amor o por dinero, se encaramaron a la maquinaria que puso en marcha Menem, que se mantuvo activa con De la Rúa y que al día de hoy todavía tiende a seguir empujando a pesar de que ha perdido gran parte de su impulso inicial. Su presencia aún es notable al interior de la Burocracia Sindical, que aprendió a hacer enormes negocios a costillas de cercenar derechos laborales y a acoplarse al mundo de los negocios turbios que abrieron las privatizaciones. Pedraza, Cavallieri o Zanola son solo los más visibles y por ello buenos ejemplos para entender a qué nos referimos.

Pero, como dije más arriba también en  los partidos políticos el transformismo caló hondo y ejemplos a todo nivel sobran, tanto de dirigentes activos como de algunos que han fallecido o se han retirado a sus cuarteles de invierno. Ellos, transformados en el principal engranaje del mecano posmoderno, hicieron todo lo posible para convencernos de que el uno a uno era el único camino, de que las privatizaciones eran la llave de la felicidad y -lo más relevante- de que ellos y solo ellos (la troupe de políticos transformistas) eran los únicos capaces de dirigir el país.

Allá lejos y hace tiempo, cuando en su camino no se habían cruzado todavía los temibles cortadores de lenguas que le impiden so pena de decapitación pronunciar la frase "barones del conurbano", Martín Sabbatella decía con mucha razón: "Los barones han convencido a buena parte de la clase dirigente, que son ellos los verdaderos garantes de la gobernabilidad. y esto es una enorme mentira". Y es una mentira, agrego desde acá, porque el poder, el verdadero, el que cambia de forma perdurable y positiva la historia de este país sigue siendo el pueblo argentino.

Aunque a ciertas almas resignadas les cueste creerlo, NO es a los burócratas partidarios, abulonados en sus bancas y escritorios desde hace décadas, a quienes hay que agradecerles el desmembramiento del modelo que capitanearon los liberales sino que ese mérito es exclusivo de la gente, de la rebeldía popular que se articuló desde abajo y se transformó en bronca y dignidad para pasarles por encima a los que predicaban el credo del pueblo manso y derrotado.

Toda la falsa devoción, silencios cómplices y reverencial respeto que despierta entre algunos la cofradía de los barones y caudillos provinciales, se basa en que estos sujetos han construido -o pretenden construir- un sistema de gobierno que vuela por encima y tutela a la democracia, pero que en el fondo es una farsa con patas largas pero de barro. 

La obscena inhumanidad y la destructividad del Plan de Convertibilidad (entendido como el plan de operaciones de la derecha) quedó al descubierto y desacreditado en diciembre del 2001, lo que nos falta es poder sacarnos de encima su herencia cultural y principalmente política, y para eso es necesaria más inventiva, menos resignación y la determinación de quebrar los límites mentales que nos han impuesto 20 años de manipulaciones mediáticas y bipartidismo.

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