Redes sociales

10 octubre 2011

Cartoneros


La reciente muerte de dos trabajadores en Bell Ville motivó la siguiente reflexión del periodista Ariel Torti.

CARTONEROS ACCIDENTADOS

“MUEREN APLASTADOS POR SU PROPIO CARRO”

Título del Semanario EL SUDESTE (Bell Ville, 22/9/2011)


(Por Ariel Torti) Hace unos días que deseo incluir en la agenda pública y política lo que subyace en la presente noticia, para así “evitar” que el tiempo “sepulte” estas muertes con esa indiferencia típica de los insensibles. Para decir lo de siempre. Más de lo mismo: una ciudad que no cuida -cuidar como sinónimo de promover- a los sectores empobrecidos es una ciudad excluyente. No trabajar por los derechos de los informales trabajadores del reciclado y sus familias; de los “recuperadores urbanos”, de los llamados “cartoneros” o “cirujas” es parte de ese combo dominante de las últimas gestiones municipales. Y es parte, también, de ese “nosotros” más amplio cuando nos abarcamos bajo el relativo término “comunidad”.

La crónica no asocia la muerte de Pablo Ibarra (72) y Roque Ramos (55) como una cuestión de inseguridad. Ni como una cuestión vinculada a lo socio laboral. Ni como una cuestión de mala señalización de la obra de infraestructura: fallecieron cuando su propio carro los aplastó luego de que cayeran a una profunda cuneta en un sector del camino que será el nuevo acceso desde la autopista a la ciudad. “Las causas se tratan de establecer”, dice el parte policial bajo ese manto que les devuelve solapadamente a las víctimas la responsabilidad de lo acontecido. ¿Qué es lo que hay que establecer? Soy de los que creen que las causas hace rato que están establecidas. Algunas son históricas; otras más contemporáneas y vienen de la mano de los nuevos escenarios socio ambientales. Junto a la matriz histórica que empuja a la marginalidad a los sectores populares hoy afloran también nuevas incapacidades en funcionarios que no pueden -y no quieren- articular lo ecológico con las variables de la exclusión.

En ese rejunte mediático-cultural que invisibiliza y justifica las muertes evitables de “los pobres”, aparecen los imaginarios de siempre. Auto-justificaciones cuasi celestiales que aumentan nuestra capacidad de naturalizar lo trágico. Ese enterrar el dolor humano por saber, en el fondo y muy en nuestra intimidad, que Ibarra podría ser el padre de cualquiera de nosotros.

Bell Ville perdió a dos “profesionales del futuro”. Así los definen a los recuperadores urbanos en el Brasil de Dilma y Lula; en Barcelona (la de los Indignados…) o en esa Bogotá de avanzada que impulsó Antanas Mockus. También en la querida Paraná de los amigos de Eco Urbano. No debe haber nadie que cuide más de una comunidad que un cartonero. Buscan. Reciclan. Separan. Re utilizan. Vuelven a poner lo valioso dentro del sistema productivo de la ciudad y la región. Reducen el volumen de ese humo que los funcionarios de turno se empeñan en no ver, cada vez que el basural arde a gritos. Son, quizás desde ese rústico inconsciente, quienes mejor encarnan la definición de Leonardo Boff cuando nos propone ejercer una “ética del cuidado”. Multiplican por un millón esa acción que nos imponemos de llevar el envase de gaseosa al contenedor de la Escuela o a la esquina de Córdoba y Avenida España. Con lluvia, viento o frío, y en nombre de la “Carta de la Tierra”, caminan a diario entre el descarte de quienes aún jugamos el juego del consumo inconsciente.

La búsqueda de alternativas para el tratamiento de los residuos sólidos urbanos de Bell Ville no se agota en las gestiones de un legislador multifunción y en la anemia de una administración que en 12 años jamás se ocupó del tema. La complejidad de la situación requiere la participación activa de estos laburantes; verdaderos conocedores de la historia y parte constitutiva de la riqueza que pueda generar la basura. Esto implica mirar a los recuperadores con ojos redistributivos y desde la perspectiva de la seguridad humana (antítesis a la caridad privada); para así avanzar en una política de desarrollo ambiental que no los disocie como pretendía Greenpeace cuando en Capital Federal se discutió durante 2010 el nuevo pliego de la basura. Más de 4.000 recuperadores de Buenos Aires, aglutinados en varias Cooperativas -El Ceibo, Recicladores Urbanos del Oeste, El Álamo, Las Madreselvas, Ecoguardianes, etc.- consiguieron, como para empezar, que quienes cartoneaban no fueran víctimas del Código de Convivencia (equivalente al Código de Faltas de Córdoba) mientras recorrían los barrios porteños. Quitado ese estigma que habilitaba la discrecionalidad policial, el cambio cultural también trajo estabilidad económica, beneficios socio sanitarios, logística segura, obra social, etc. Que un servicio público ambiental incluya lógicas de economía social y solidaria demanda ampliar la concepción de ambiente; asociando -al menos- el componente de lo “local y popular” a sus modos de abordarlo. Quizás sea parte del legado de Ibarra y Ramos, los dos profesionales del futuro que perdieron sus vidas, víctimas de la verdadera inseguridad bellvillense.

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