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30 octubre 2012

La semilla de la dependencia


Santa Sojita. La santa de las causas agrícolas

Dicen que los ingleses llevaban un prolijo mapa de las lluvias de la Argentina. Lo lograban haciendo que todos los días los guardas de las estaciones del ferrocarril revisaran el pluviómetro y telegrafiasen a primera hora las mediciones que tomaban. Esto lo hacían para saber cuántos vagones necesitarían al final de la campaña agrícola; pero también para que en Londres tomaran nota de cuántos barcos enviarían, cómo lo complementarían con todo lo producido en el imperio y le pusieran un precio justo... para la reina.

Los tiempos cambian. Los viejos ferrocarriles, esos que habían venido para traer civilización y progreso a cambio de mieses y recursos naturales, en su enorme mayoría ya no existen; hoy solo son un montón de hierros arrumbados, de vías sin destino, de durmientes con el sueño eterno de la podredumbre y el silencio.

Pero los trenes cumplieron su cometido, sacaron de aquí todo lo que podían sacar y aunque ya no son necesarios, sirvieron para meternos el virus de la colonia y la subordinación de nuestras clases dirigentes. Ahora nuestro rol como nación "independiente" en la división internacional de trabajo, se apalanca con medios más sofísticados... o más impensablemente sencillos: una semilla genéticamente modificada.

Y aquí está ella, la semilla de Soja, la tenemos, la plantamos y la cosechamos. La vendemos. La ponemos en el puerto mientras miramos ansiosos las pizarras de Chicago.

Cuando la comprás para sembrarla te venden la ilusión de que es tuya, pero es una mentira, es apenas un préstamo y como en todos los préstamos la parte del león se la lleva el agiotista.

Ahora hay que cambiar la mirada para empezar a ver lo que está naturalizado, porque al viejo mapa de las vías ferreas británicas que prolijamente convergían en las dársenas de Buenos Aires, ahora hay que reemplazarlo por el mapa genético de una planta que nos hace tan dependientes como hace 100 años de un nuevo imperio, el de las corporaciones agrícolas. 

Y en este ominoso ADN todos los genes apuntalan la dependencia, que aunque se vista de ciencia o de ley de semillas y patentes es la misma de siempre.

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