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11 abril 2015

El fracaso





En Bower, la principal unidad penitenciaria de Córdoba, la mayoría de las mujeres privadas de su libertad están allí por el delito de atender kioscos de droga en los barrios de Córdoba. En su enorme mayoría son madres solas, muchas muy jóvenes, y cuyo único trabajo y fuente de ingresos más o menos estable fue justamente ubicarse en el eslabón final de la cadena del narcotráfico.

Entre los varones presos se da una situación similar, en el sentido de que muchísimos pibes que pueblan las celdas de la cárcel cayeron ahí por haberse desempeñado como vendedores, procesadores o soldados de los narcos.

Ellos -hombres y mujeres- comparten mayoritariamente la circunstancia de provenir de hogares atravesados por la pobreza estructural que se instaló con fuerza desde los 90 en adelante; tienen como denominador común que raramente sus padres consiguieron trabajos en blanco y casi nunca gozaron del beneficio de una obra social; también los une el haber dejado el colegio secundario tempranamente y una agobiante falta de oportunidades que se ha instalado hace décadas en determinados sectores de la sociedad.
A pesar de esto, tenemos que escuchar diariamente discursos que unen a la inseguridad con la falta de policías, cámaras de vigilancia, jueces inflexibles, o carencia de patrulleros, cuando aquí lo que brilla por su ausencia es la justicia social.

La injusticia no es que haya códigos penales "garantistas", sino que la única oportunidad que se le brinda a cientos de miles es la de sumarse al submundo de la marginalidad. La injusticia es que no exista en la Argentina un piso de derechos mínimo donde se contemple alimento, salud, salario, educación y vivienda dignas. La injusticia es que parte de los discursos políticos nieguen la pobreza mientras que esta se multiplica.

Ahora, cuando desde el propio oficialismo se niega la persistencia de un 25% de personas en situación de pobreza, se fogonean sentidos comunes nefastos, como aquellos que rezan "pobres hubo siempre", "aquí no trabaja el que no quiere", "encima de que tiene trabajo se queja", "se embarazan para vivir de la AUH" o "la inseguridad se termina metiéndole bala a los delincuentes".

Esto que no es otra cosa que un lacerante fracaso asume entonces la forma de una serpiente que se muerde la cola, y mientras se traga a si misma inventa mundos fantásticos, se disfraza de utopía realizada, lanza spots de campaña, articula silencios cómplices, y banca enormes sistemas mediáticos y de vigilancia.

Las salidas de esta situación han demostrado no ser sencillas, pero la base de las mismas no pueden ser otras que la verdad y la solidaridad.

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